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martes, 17 de mayo de 2016

Más madera, que es la guerra (I)

Antes de comenzar dejo un aviso para navegantes. Esta no es una entrada típica del blog. Tanto esta entrada como las demás que conformarán la serie pueden servir de pequeño manual de consejos para escritores de género de fantasía y ciencia-ficción. Dicho lo cual, pasamos al tema.

Un servidor de ustedes, además de aficionado a cualquier cosa cuyo valor productivo sea cercano a la nada (juegos de rol, literatura Pulp, videojuegos, cómics, etc.), allá por los años 90 del siglo viejo pasó unos años en la universidad estudiando historia. Para ser exactos debo decir que, habiendo realizado íntegros los itinerarios de historia antigua y medieval, posteriormente me especialicé en la vertiente más belicosa de la historia medieval española. Vamos, que soy historiador militar de formación. Sobre el papel me molan las hostias finas más que a un tonto un lapicero.

El caso es que después de pasar los últimos tres años en barbecho, buscándome la vida de la mejor manera posible con mil y un inventos, de un par de semanas a esta parte he vuelto a la maravillosamente rutinaria vida del trabajador por cuenta ajena. Siendo esta una de las razones por las que llevamos una temporada con un ritmo de publicación de entradas un tanto irregular. El caso, decía, es que sin dejar de estar ligado al mundo del libro -que es lo que me lleva dando de comer dese hace tres lustros-, a día de hoy me gano el parné en una editorial especializada en historia militar. De lunes a viernes vuelvo a estar en contacto con profesionales de esto de la historia de la guerra y tal; de tal forma que, además de leer mis tontunas habituales, estoy retomando las lecturas académicas. Que de vez en cuando viene bien.

La de guarrerías que deja la gente tirada por el campo...


A raíz de del comienzo de esta nueva etapa, me he puesto a darle vueltas al asunto de la guerra en la literatura de género. Y es que, niños y niñas, la guerra es el motor narrativo más potente jamás concebido. Sin la guerra no habríamos disfrutado jamás obras tales como El Señor de los Anillos, Dune, Canción de hielo y Fuego, Príncipe de Nada, La Guerra de las Galaxias, etc. Sin salir de la literatura y el cine de género de fantasía y ciencia-ficción, podríamos seguir dando títulos una semana y nos faltaría tiempo. Por más pacifistas que nos pongamos (sobre todo en esta España en la que cogérsela con papel de fumar se ha convertido en la más cultivada de las bellas artes) la guerra, puestos a contar historias, es garantía de éxito. Por lo tanto, si un servidor es historiador de la guerra, y encima comparto un blog de literatura pulp, creo que ya toca una serie de entradas en las que hablemos de lo mucho o poco que saben aquí los del gremio de juntaletras cuando escriben sobre la guerra. Como tendré tiempo de ponerme gafapasta, y de hacer recomendaciones bibliográficas varias para que todos mis colegas juntaletras puedan escribir sobre temas bélicos con un poquito de criterio (que se lee cada gilipollez que asusta), vamos a comenzar de forma suave. 

Hola, me llamo von Clausewitz, soy prusiano, y
me la agarras...nianoniano.
Lo primero que hay que definir es que es la guerra. Una de las definiciones más populares se las debemos a un gachó llamado Carl von Clausewitz. Con ese nombre lo único que se podía ser en la vida es un ex combatiente prusiano de las guerras napoleónicas; que es lo que fue aquí el amigo. Además de eso, que ya es bastante, Clausewitz dedico sus años de retiro a redactar lo que se convertiría en el libro más famoso sobre la guerra jamás escrito –De la guerra-. En ese libro, que es un auténtico coñazo, Clausewitz definió la guerra como “la continuación de la política por otros medios”. Bueno, en verdad lo que dijo es que la guerra es la continuación <<de la relación política>> (des politischen Verkehrs) <<con la intrusión de otros medios>> (mit Einmischung anderer Mittel). A lo que yo le digo que: “y un mojón pa ti colega”. Si algo nos enseña la historia es que la política es la continuación de la guerra cuando con esta no logramos nuestros objetivos (que es de lo que llevan viviendo los diplomáticos los últimos cinco siglos). Si algo nos enseña la Historia, así, con mayúsculas, es que la guerra precede a los Estados, a la diplomacia y a la estrategia en varios milenios; la guerra es tan antigua como el hombre mismo y está arraigada en el corazón humano. La guerra, como dijo el antropólogo estadounidense Harry Turney-High, es cultura. 

Llegados a este punto tienen dos opciones, llamarme fascista, que en España es gratis, y dejar de leer; o pasar a la pequeña noticia que voy a compartir y engancharse a la serie completa de artículos. Tan sólo puedo decir que seguir leyendo es gratis, y que los insultos me la refanfinflan. Dicho lo cual, les voy a contar una historia muy chula. 

Lo que yo te diga niñato, lo del valle de Tollense
si que fue un aquí te pillo, aquí te mato.
Tradicionalmente los prehistoriadores, que suelen ser unos académicos un pelín carcas, defienden que las sociedades de cazadores-recolectores eran un modelo casi idílico de existencia. Resumiendo muy mucho el tema, se supone que si obviamos que la esperanza de vida apenas llegaba a los 35 años, en la prehistoria la peña se dedicaba a cazar, coger frutas y comerciar con otras tribus. Y tan sólo, de tarde en tarde, había ciertos dimes y diretes que, en el peor de los casos, se solucionaban con alguna que otra escaramuza. Un par de brechas, unas tiritas y a correr detrás de un mamut o un lo que fuera que se pudiera comer. Mira por donde hace bien poco, en el alemán Valle de Tollense se han encontrado los restos de una batalla librada hace unos 3250 años. En plena Edad del Bronce. Si de por si hablar de batalla en esa época rompe muchos esquemas, lo verdaderamente interesante del asunto es que los restos encontrados apuntan a una batalla de tal magnitud que los prehistoriadores antes citados están cagando ladrillos. Las estimaciones son de unos 4000 combatientes; y por el análisis de estos restos los arqueólogos forenses han reconstruido las armas utilizadas en el enfrentamiento, partiendo de las heridas que estas infligieron. Se ha determinado el uso de garrotes, hachas, espadas, lanzas y flechas fabricadas en madera, sílex y bronce en el caso de las más sofisticadas. La panoplia de los combatientes (armas y armaduras, almas de cántaro) nos habla de la existencia de una clase guerrera que combatía a caballo con un armamento de gran calidad y que probablemente disponía de entrenamiento bélico, al mando de un contingente mayor de guerreros equipados con armas improvisadas como garrotes de madera. A la enorme dificultad logística que supone poner a tanto becerro junto sobre un campo de batalla, hay que unir que los restos proceden de individuos llegados de lugares en el quito pimiento. Se han encontrado restos humanos de guerreros que llegaron a ese valle a darse matarile desde Escandinavia, Polonia y el sur de Europa. 

Osches, Olaf, pues parece que en el Valle de Tollense
se ha quedado una buena mañana para inflarse a hostias.
Para que se hagan ustedes idea de la magnitud de las cifras pondré unos pequeños ejemplos. Se estima que hacia el año 1000 a.C. la población mundial rondaría los cincuenta millones de habitantes. En esa época se piensa que la ciudad más poblada de la tierra era Menfis, con aproximadamente 50000 habitantes. En lo que es la actual Europa no había ni un puñetero conjunto de chozas de más de 1000 habitantes ni por casualidad. Para que nos entendamos, es como si, haciendo una comparación muy libre, a día de hoy pusiéramos sobre un campo de batalla dos ejércitos de medio millón de hombres. Y no con los medios y tecnología de la era industrial, no. Con los recursos y medios de la prehistoria. Resumiendo muy mucho, hace algo más d treinta siglos, en plena Edad del Bronce, los abuelos de Clausewitz se dejaban los cuernos a base de hostias de una manera muy, pero que muy organizada. Justo un poco antes de que se produjeran lo que conocemos como invasiones de los Pueblos del Mar, las cuales provocaron el colapso de todas las grandes civilizaciones del Mediterráneo menos la egipcia, que bajo el reinado de Ramses III se libro por los pelos después de pasarlas putas en la batalla del Delta del Nilo. 

Llegados a este punto cualquier juntaletras con un poco de imaginación debería de tener la cabeza a punto de estallar de tanta incógnita, de tantas posiblidades. ¿Qué evento obligó a tal movilización? Una movilización que deja en pañales cualquier historia narrada por la fantasía épica moderna o la ciencia-ficción. Una auténtica primera guerra mundial. Sinceramente, si después de leer todo lo anterior no pensáis que detrás hay una historia cojonuda por escribir es que estáis muertos por dentro.  

En fin chavalería, la semana que viene llegará la segunda entrega de la serie, con consejos bibliográficos y más, mucho más.


Eduardo Martínez.

jueves, 12 de mayo de 2016

Los Tres Mosqueteros

Hoy The OCCULT Herald cuenta con una firma nueva, la de Carolina Pérez Chavarino, una colaboradora espontánea.

Si hace nueve meses, cuando pusimos en marcha esta mandanga, nos dicen que vamos a recibir en nuestro mail una petición de un desconocido para publicar un artículo en el blog, nos hubiéramos caído de culo de la risa por la incredulidad, pero ahora que ha ocurrido nos ha dado un orgullaco que no veas. Cuando Eduardo y yo nos lanzamos a hacer este blog (llegando tarde a la moda en internec allá por los 2000) lo hicimos sin ninguna pretensión de llegar más allá que a los tres o cuatro amigos que tenemos, así que el hecho de que alguien de fuera se interese en esto y además quiera participar nos llena de orgullo y satisfacción. No es que se nos haya subido a la cabeza, pero vamos, que ya podéis ir buscando hueco para hacernos una estatua. De oro. 

Sin más, os dejamos con la entrada de Carolina sobre un pilar del pulp: Los Tres Mosqueteros. 



Una de las obras más pulp de la literatura universal es, sin duda, la obra del famoso escritor francés Alejandro Dumas, Los tres Mosqueteros.

-Pero si el pulp no se inventó hasta principios del siglo veintARRRGH!!!
Más que una sencilla novela de capa y espada, es ésta el inicio de una gran saga en la que tres guardias reales y un aspirante a mosquetero viven un sinfín de trepidantes lances. Desde su publicación, por entregas, en el periódico Le Siécle en 1844 ha sido leída durante generaciones como si de una obra contemporánea se tratase. Ni el propio autor fue capaz de imaginar el éxito y la proyección que su propia obra iba a tener. Y es que, es ésta una de esas novelas en las que se mezcla la realidad de unos personajes históricos como es el caso de los reyes de Francia, Luis XIII y Ana de Austria, el Cardenal Richelieu o el propio personaje de D´Artagnan como bien nos relata Gautier de Courlitz de Sandras en Memorias del Señor D´artagnan teniente capitan de la 1ª Compañía de los Mosqueteros del Rey, todo ello unido a la propia aventura creada por Dumas.

-¡Traseguemos estos picheles de buen verdejo!
N del T: ¡Vamos a ponernos como Las Grecas!
La trama se encuentra ambientada en la Francia del siglo XVII, una época en la cual, los duelos a espada, por pequeña que fuese la afrenta, eran habituales. Junto a ello, una ligereza de pluma, una frescura en el lenguaje que hace que sea esta una obra/novela tan atrayente al gran público el cual, y desde el comienzo de la novela se ve envuelto en una ilusión permanente que se hace cada vez más manifiesta según avanza a través de sus páginas. Una infinidad de vibrantes episodios en la que los protagonistas se convierten en héroes populares gracias a los principios que ensalzan, el valor de la amistad, el amor o la lealtad. Todos ellos sobresalen por encima de la traición y el mal encarnado en Mylady de Winter o el Conde de Rochefort. Unos valores que calan hondo en el imaginario colectivo y que los hacen tan del gusto de la cultura popular haciendo de esta novela una obra universal e inmortal. Una obra que, en su género, ha sido precursora de otras muchas novelas escritas con posterioridad. Por citar algunas de las más conocidas: El corsario negro (1862) de Emilio Salgari, Prisionero de Zenda (1894) de Anthony Hoppes Hawkins, Cyrano de Bergerac (1897) de Edmond Rostand, La Pimpinela Escarlata (1905) de la Baronesa Orczy, El Zorro (1919) de Johnston McCulley, Scaramouch (1921) de Rafael Sabatini o El Capitán Alatriste (1996) de Arturo Pérez Reverte. El mundo del cine también se ha rendido al encanto de Los tres Mosqueteros. Llevada a la gran pantalla durante décadas podríamos citar algunas películas como la versión muda de Los tres mosqueteros de 1921 del director Fred Niblo, hasta las más recientes filmografías como es el caso de la obra realizada bajo la dirección de Stephe Herck Los tres mosqueteros de 1993. Inspiradora para otras muchas películas como es el caso del entrañable film La princesa prometida de 1987 dirigida por Rob Reiner o en el más puro gusto español la serie televisiva Águila Roja que tanto éxito ha cosechado. Es innegable que la obra de Dumas ha cautivado a todos los lectores.

-Oye, ¿Y este?
-A mi no me líes, ¿eh? que ya estaba muerto cuando me lo encontré.


 Carolina Pérez Chavarino

miércoles, 10 de febrero de 2016

¿El tiempo es el que es?


Tomando prestado, de forma muy libre, el título de su primer capítulo, arrancamos nuestra semana dedicada a El Ministerio del Tiempo. Y no hay mejor manera de comenzar esta pequeña semana monográfica que hablar precisamente de eso, del tiempo. Del tiempo y su relación con la narrativa española de todas las épocas.

Y es que el tiempo es, probablemente, uno de los conceptos más fascinantes y complejos que estudia la física. No es plan el meterse en este blog en harinas técnicas, y ponernos a definir el tiempo según la mecánica clásica o la relativista; entre otras cosas porque para eso tenemos a auténticos expertos que lo podrían hacer mil veces mejor -que uno es un simple aficionado, y de letras puras, para más inri-, y porque con pinchar en la dichosa Wikipedia uno tiene lectura para rato. El caso es que, en el campo que nos movemos en este blog, que es el de la narrativa de género, el tiempo ha sido y es objeto de nuestros desvelos. 

Tampoco es mi intención hacer un repaso somero de todo lo que ha producido la narrativa universal al respecto del tiempo. Ese repaso somero da para un ensayo de 1500 páginas tirando por lo bajo, y yo en este artículo no pienso pasar de las 2000 palabras ni borracho. Que la idea es que los que habéis llegado hasta aquí terminéis de leer el artículo. Más bien lo que quiero es exponer algunos de los ejemplos de autores españoles que han escrito con el tiempo como eje y excusa de sus historias. 

Portada original de El anacronópete. 
Obra del pintor y dibujantecatalán Gómez Soler (1870-1899)
Porque, señores míos, España tiene en su haber un logro del que pocos lectores somos conscientes. Si preguntáramos a los lectores españoles, con un mínimo bagaje cultural, sobre cuál fue la primera novela que habla de una máquina del tiempo, una mayoría aplastante contestaría sin dudar que es La máquina del tiempo, de H. G. Wells, publicada allá por 1895. Y mira por donde que unos pocos años antes, en la Barcelona de 1887 veía la luz una obra de Enrique Gaspar y Rimbau de título de muy difícil pronunciación, El anacronópete. Una obra en la que, por vez primera en la literatura, se nos presenta una máquina gracias a la cual sus protagonistas cruzan los océanos de tiempo, que diría Drácula en la versión de Coppola. Cierto es que la obra, a diferencia de lo que ocurre con el clásico de Wells, es a los ojos del lector de hoy un auténtico coñazo. Y que el título tampoco es un dechado de virtudes comerciales, pero al César lo que es del César. Fue Gaspar y Rimbau el primero del que tengamos noticia en plantear la posibilidad de viajar en el tiempo gracias a un artefacto mecánico, y el que inauguró una corriente literaria española que ha dado magníficos ejemplos. 

Portada de Cerebros electrónicos en su
primera edición. Autor por acreditar.
Una corriente literaria, la de los viajes en el tiempo, que en los años 50 del pasado siglo contaría con dos autores de excepción para los amantes al Pulp y los bolsilibros. El primero de ellos es José Mallorquí. En la colección Futuro publicaría una serie de novelas protagonizadas por el Capitán Pablo Rido, el cual es heredero de una inmensa fortuna y de una máquina del tiempo que alquila a gente adinerada deseosa de vivir nuevas aventuras. De los relatos del Capitán Pablo Rido el más fácil de localizar para los lectores actuales es Misterio Mayor, reeditada por Nova/Ediciones B en 2003 en la antología Cronopaisajes. Y el segundo autor que trataría el tema de los viajes en el tiempo es Pascual Enguidanos Usach, que firmó la obra de su vida, La Saga de los Aznar, como George H. White. Una obra que en 1978, con casi 60 entregas en su haber, fue reconocida en la Convención de Ciencia Ficción de Bruselas como la más importante publicada en Europa. Hablamos un autor y una obra que es tan injusta y miserablemente ignorada en España que nos recuerda, una vez más, que somos un país de incultos que se merece casi todo lo que nos pasa. Volviendo a lo que nos interesa, los viajes en el tiempo, en La Saga de los Aznar tienen una importancia vital, puesto que entre la cuarta y quinta entrega, Cerebros electrónicos y La horda amarilla, se produce un suceso clave en relación a los efectos de la teoría de la relatividad que servirán de desencadenante de la larga odisea cósmica de esa saga. 

De aquí damos un salto temporal, nunca mejor dicho, y pasando por alto a Ángel Torres Quesada y principalmente su obra El Orden Estelar (lo siento Ángel, pero no hay espacio para tanto), o a la larga serie del Caballo de Troya de J.J. Benítez, llegaremos hasta Félix J. Palma, probablemente el autor más representativo de eso que podemos llamar Steampunk español, y uno de nuestros escritores con mayor proyección internacional.

Portada de El Mapa del Tiempo 
en su edición de Simon & Schuster de 2011
El gaditano Félix J. Palma, en la novela El mapa del tiempo, la cual da inicio a su trilogía vitoriana, retoma la obra de H.G. Wells para hacer un bellísimo homenaje a la literatura victoriana en general y a los romances científicos en particular. Una novela que tras ganar el XI Premio Ateneo de Sevilla, dio a conocer a Palma al gran público. Un escritor que, desde los parámetros de una ciencia ficción soft, reconstruyó el universo literario de Wells en torno a una peculiar empresa de viajes temporales. Con el mismísimo Wells como protagonista de la obra, son el viaje en el tiempo y sus posibilidades narrativas las que, una vez más atrapan a lectores de todas las edades. Una serie de novelas que cualquier amante de la buena literatura debería descubrir.

Y tras haber resumido el tema del viaje en el tiempo, toca adentrarse, aunque sea muy brevemente, en otra de las formas desde las que la literatura ha tratado la cuestión del tiempo, que no es otra que los posibles cambios que podría haber sufrido la historia de haber tomado caminos distintos. Aquellos ¿qué hubiera pasado si…?, a los que los lectores de género llamamos ucronías.

La ucronía, según la RAE, es la reconstrucción de la historia según datos hipotéticos. Esto, trasladado a la narrativa, se convierte en la reconstrucción lógica de la historia partiendo de acontecimientos que no han sucedido, pero que podrían haberse producido. Narraciones que, partiendo de un punto Jumbar, según la Wikipedia un acontecimiento singular y relevante que determina la historia futura, nos muestran la historia tal y como pudiera haber sucedido. Un género literario en el que, si obviamos a Tito Livio y su Libro IX de Ab Urbe Condita, o el Tirante el Blanco de Joanot Martorell, en España tenemos uno de los ejemplos más tempranos que se conocen, y que tomaremos como punto de partida. Hablo de la novela Cuatro siglos de buen gobierno (Novela de la Edad Moderna), de Nilo María Fabra, publicada en 1883. Una novela muy breve que a diferencia del Anacronópete, resulta amena de leer, y que nos narra la España que pudo haber sido, Iberia en este caso, de haber sobrevivido en infante Miguel de la Paz, nieto de los Reyes Católicos. El cual habría unido bajo su corona toda la península, dando paso a una Iberia que seguiría siendo la potencia más importante y respetada del mundo. Un texto ciertamente utópico que, de la mano de una dinastía de reyes nobles y justos, nos trata de mostrar cómo se podrían haber hecho las cosas. 

A este pistoletazo de salida de la ucronía española le seguirán una buena cantidad de títulos que, como no podía ser de otra manera, han afrontado el coñazo de la Guerra Civil y el Franquismo. Obras ganadoras del Planeta, como En el día de hoy (1976), de Jesús Torbado, o títulos que en su día se vendieron como rosquillas tales como El desfile de la victoria, de Fernando Díaz-Plaja, o Los rojos ganaron la guerra, de Fernando Vizcaino Casas, no deberían desviarnos de títulos que si aportan algo especial. 

Portada de Fuego sobre San Juan en su
edición de Silente, 2003.
Autor por acreditar.
El primero que merece ser destacado, no solo desde mi nada humilde opinión (ya sabéis lo del chiste del gato, el blog es mío y me lo f…opino cuando quiero), si no porque está considerada como la ucronía más famosa de la ciencia-ficción española, es la novela corta Fuego sobre San Juan. Escrita por Pedro A. García Bilbao y Javier Sánchez Reyes, Fuego sobre San Juan nos muestra una visión diferente de la Guerra de Cuba del 98. Una novela magistral que no solo nos narra la victoria de España sobre los Estados Unidos en aquel conflicto, sino que da una explicación coherente de las condiciones que podrían haber hecho posible dicha victoria. Una novela cargada de acción bélica y elementos de ciencia-ficción que los aficionados al género debemos seguir rescatando de esta especie de limbo en el que caen aquellas obras que no dan el salto a una gran editorial. De verdad, consejo de amigo, tenéis que descubrirla.

Y tras mencionar de pasada la novela Alejandro Magno y las Águilas de Roma, escrita por Javier negrete, uno de los popes de la fantasía y la ciencia-ficción española (en la que nos narra con todo lujo de detalles y acción a cascoporro el hipotético choque entre un Alejandro Magno que no fallece en Babilonia, y la República de Roma, y abre la puerta a la inquietante pregunta de cómo habría sido el mundo sin la existencia de un Imperio Romano), llegaremos al cierre del artículo de la mano de Eduardo Vaquerizo.

Portada de Danza de Tinieblas 
en su edición original de Minotauro (2005). 
Diseño de Opalworks
En 2005 la editorial Minotauro publica la novela Danza de Tinieblas (finalista del Premio Minotauro de esa misma edición de 2005), en la cual se nos muestra por vez primera lo que ha venido a bautizarse como el Universo de Tinieblas. Una realidad alternativa en la que el Imperio español, en el siglo XX, sigue siendo la potencia dominante. Un mundo cuyo punto Jumbar principal (tiene varios) tiene lugar el 8 de octubre de 1571, cuando en plena celebración de la victoria en Lepanto a Juan de Austria le comunican la muerte accidental de su hermano, el rey Felipe II, a quien habrá de suceder. De aquí saltamos al Madrid de principios del siglo XX. Un Madrid muy distinto pero claramente reconocible, en el que un alguacil de nombre Joannes Salamanca deberá hacer frente a un caso que pone en riesgo la existencia misma del Imperio. Un Madrid de tintes cercanos al steampunk, pero de una originalidad brutal. 

Este escenario ucrónico, que había nacido unos años antes en el relato Negras Águilas (Artifex 9-2ª época), y que se desarrolla más a fondo en el relato Bajo estrellas feroces (Artifex 2-4ª época), la novela Memoria de Tinieblas (Sportula, 2013), y la irregular antología de relatos Crónicas de Tinieblas;(Sportula, 2014) es probablemente el mejor universo narrativo ucrónico jamás construido en España. 

En fin, resumiendo para finalizar este viaje en el tiempo, recordar a los lectores que cuando se dice a la ligera que El Ministerio del Tiempo ha bebido de fuentes anglosajonas como Doctor Who, Tim Powers o Paul Anderson, es decir una media verdad. En España llevamos mucho, mucho tiempo trabajando muy bien eso de escribir sobre el tiempo. No tienen que venir de fuera para enseñarnos nada. Y puesto que recuperar de vez en cuando un poquito de nuestro antiguo orgullo -ese de orgulloso como un español orgulloso-, tampoco viene nada mal, más bien podemos decir que todo lo contrario.


Eduardo Martínez.


P.S. Debo hacer una mención especial a la magnífica tesis doctoral El viaje en el tiempo en la literatura de ciencia-ficción española, de German J. Hesles Sánchez. Buscadla en Internet si os gusta el tema, que es una maravilla.

jueves, 28 de enero de 2016

La Alarma

Narciso Ibáñez Serrador en 1964,
en el palmarés de los Premios Ondas.
Fotografía sin acreditar.
Recurrir a la condición cainita de este país de envidiosos, aprovechados y ladrones que es Spaña (con "s" líquida, como lo pronuncian los fachas del NO-DO) se ha convertido ya en un tópico. Pero es que decir que si Narciso Ibáñez Serrador hubiera desarrollado su carrera profesional en los USA o Inglaterra sería una de las figuras más relevantes de la historia de la Televisión a nivel mundial es una verdad como un puño. Sin embargo, al pobre le tocó trabajar en España, en esos años 60 en de apagón cultural promovido por la dictadura de nuestra atiplada Paca la Culona. Apagón que no hizo sino darnos un acelerón en esa carrera que nos ha llevado de ser una potencia intelectual occidental a una manada de encefaloplanos que idolatra a otros aún más encefaloplanos, pero con pasta, que dan patadas a un balón o ponen sus esperanzas de futuro en un mojabragas de cafetería de universidad. Eso si, el adn pirata y fullero lo conservamos intacto, que del tendero que escondía piedras en la balanza al que piensa que si está en internet, es suyo, sólo hay un cambio de medio y no de mentalidad. En fin...

Cabecera de Historias para no dormir
© RTVE
Pero vuelvo a Narciso Ibáñez Serrador, Chicho, como más tarde sería conocido por el gran público en su faceta de director de ese glorioso rompe prime times (de otros tiempos) que fue Un, Dos, Tres... Responda otra vez. Bien. Antes de ser esa omnisciente voz en off, el deus ex machina del concurso que juntaba cada viernes a esas familias de jersey cuello de cisne y pelazos con más laca que el PP de Valencia, Chicho se arremangó y cogió por los cuernos el toro de la misma franja horaria que acogería a su concurso, la de la noche de los viernes para, siguiendo los pasos de producciones televisivas como Alfred Hitcock presenta... o editoriales como Tales from the Crypt, meter por los ojos a los televidentes de entonces una serie de relatos de terror, fanta-ficción y noir: Historias para no dormir. 30 episodios la mayoría de ellos autoconclusivos que o bien tenían guiónes originales o bien adaptaban a Poe o Bradbury. Ahí queda eso. No hay nadie de esa quinta, la de mi madre, que no tenga grabado a fuego en la memoria el espectacular arranque del espacio: una negrura impenetrable que se ve rasgada por una puerta chirriante tras la que vemos el nombre del espacio escrito en una tipografía magnífica, excesiva, sesentera y ye-ye, y luego, un grito espeluznante y un portazo. No había una melodía que se pudiese silbar, ni una cara conocida. sólo una conceptualización del espanto.

Esta bofetada visual y sonora daba paso habitualmente a una intro del propio Narciso en la que, al estilo de Hitchcock o el Guardián de la Cripta, nos presentaba el episodio que se iba a dar a continuación. Este prólogo solía tener siempre un tono cómico, de marcado humor negro y mucha mala leche. En varias ocasiones hacía alusión a los sacos de cartas que recibía en contra del programa o a las penurias que tenía que pasar para sacar adelante los episodios. Normalmente lo hacía entre bastidores, como si quisiese dejar claro que lo suyo era una ficción, y casi siempre sólo, con su pinta de hipster flequilludo, masticando a veces una pipa y leyendo papelotes desde detrás de unas gafas por cuya montura mataría a quien se me pusiese delante. No me cuesta nada imaginarme a esas señoronas de misa diaria torciendo el morro al ver aparecer al pipiolo ese al que Televisión Española había dado un hueco. Por que hay que reconocerle que le echó muchos huevos al asunto, que como he dicho, en plena dictadura del aflautado generalísimo robó casi una hora semanal de televisión pública para que por las pantallas de esa España meapilas y pacata se colasen terrores del espacio exterior, despiadados gangsters y horrores góticos. Narciso fue un visionario, si, pero también un valiente de cojones. Ahora, que hemos sustituido a la Iglesia por las AMPAs (que tiene guasa el acrónimo) y demás adalides de la corrección política sería impensable tener una serie de terror en el prime time de los viernes de RTVE, pero imagino que antes los abanderados del buenismo tenían menos canales por los que dar por culo.

De todos modos, no quería yo explayarme tanto con Historias para no dormir en general, que ya volveré a la serie en su totalidad más adelante, sino con un episodio en particular, La Alarma, emitido en dos partes entre el 20 y el 27 de mayo de 1966. Como casi la totalidad de los episodios, este es un "yo me lo guiso, yo me lo como" de Ibáñez Serrador (no nos dejemos engañar por el guión acreditado a Luis Peñafiel, pues es un seudónimo de Narciso). En un total de poco más de 60 minutos (eliminando créditos, intro y resumen de la primera parte al inicio de la segunda) Ibañez Serrador narra la que, en mi opinión, es la mejor historia de la ciencia-ficción española, una trama que, con otros 30 minutos, unos pocos más de medios (y rodada por ingleses o americanos) estaría reconocida entre las más grandes obras sci-fi del siglo XX. No sólo el guión (del que no quiero desvelar nada, porque merece la pena sentarse a ver los dos episodios si no lo habéis hecho) sino toda la envoltura, desde la presentación al aprovechamiento casi extenuante de la escasez de medios deben considerarse un hito de la televisión no sólo española, si no mundial.

Cabecera de La Alarma © RTVE
En La Alarma, más que en ningún otro episodio, juega Narciso a entrar y salir de la narración, a ser un observador omnisciente, y tremendamente sarcástico, de todo lo que está pasando en esos tres o cuatro sets de cartón piedra. La intro es una prueba magistral de ese control absoluto que el realizador tiene sobre su obra: tras divagar generalidades sobre lo que es una alarma, hace saltar la de una joyería arrojando un ladrillo al escaparate. El parpadeo de dicha alarma y el incesante timbrazo nos sirve de telón para los créditos, acompañados de un quedo redoble de tambor. Conceptual a más no poder, y efectivo. Narciso rompe el escaparate y se va, y es su salida de plano, que no de la narración, lo que da el pistoletazo de salida a la historia, que parecía estar esperando congelada a su señal para echar a andar. Que su huella en la trama es indeleble queda patente cuando, ya al final de la historia vemos a un grupo de gente arremolinada frente a ese mismo escaparate, lamentado el acto vandálico de "algún gamberro". Y vaya que lo es, pues tanto el final de la primera parte como el arranque de la segunda cuentan de nuevo con Ibáñez Serrador colándose en el set, con un aire aburrido y escéptico, un espectador al que le falta decir "si yo pasaba por aquí, pero ya me iba"


Pero del mismo modo que no se toma en serio a si mismo, Narciso Ibáñez aborda la historia con un respeto reverencial, hasta el punto de contar con la asesoría técnica del Gabinete Nuclear del Estado (que me imagino que serían unos señores muy adictos al Régimen con los mismo conocimientos en física que una alpargata). No se de qué retorcidos subterfugios se serviría el realizador, pero consigue colar en el guión que España era, por aquel entonces, un país bastante analfabeto a nivel tecnológico, y que el vulgo ignoraba de la existencia de centrales nucleares en la "piel de toro". Por si no quedaba claro que Narciso Ibáñez tenía algún que otro recado referente a la situación sociocultural del país da el papel protagonista a una prostituta (dice que es bailarina en un club, y cuando termina se va al puerto a "pasear"... ehem) y retrata al "españolito de a pie" (perdón por las ranciedades) como una especie de becerro obtuso y estúpidamente risueño. Y es que el episodio nos plantea que en los próximos dos días van a llegar a la tierra incontables naves de procedencia alienígena y la reacción de los viandantes ante una entrevista televisada es agolparse frente a la cámara cual niños esclavos en torno a Indiana Jones y "saludar a mi hija, que vive en Granollers" (el momento de la señora hablando en catalán seguro que provocó algún que otro ictus).

Narciso Ibañez Menta
Fotografía sin acreditar
 Frente a esa manada inconsciente del significado de la llegada de los extraterrestes nos encontramos con Javier Urrutia, un físico que trabaja para el Gobierno magistralmente interpretado por el enormísimo Narciso Ibáñez Menta, padre y actor fetiche del director. (Insistiendo en el tema de lo mal que trata España a sus representantes de la cultura, habría que decir que Menta debería ser una figura clave del terror, al nivel de Cushing, Lee o Price, pero insisto, aquí somos más de glorificar a un destripaterrones que da golpes a pelotas, ya sea con los pies, las manos, una raqueta o el cimbrel si se tercia). Urrutia es una suerte de Quatermass español, pero lejos de la iracunda y prepotente actitud del inglés, el físico encarnado por Menta es un hombre de maneras suaves, apocado casi, obligado a salir de la zona de confort de un laboratorio para enfrentarse a un misterio que, una vez resuelto, le atormenta con la plena conciencia de que sus actos han provocado con casi total seguridad la extinción de la especie humana.

Y es que la genialidad de este episodio no está sólo en su guión, sino en cómo está estructurado, pues tras las escenas iniciales en las que descubrimos la llegada de los visitantes al planeta, Narciso Ibáñez nos presenta al atormentado Urrutia, quien, haciendo uso de la voz en off habitual en muchos episodios, se revela como causante del desastre que se avecina y en un flash back que abarca la casi totalidad del metraje, explicarnos el porqué. Así, con tan sólo dos personajes principales, y un tercero más instrumental que otra cosa, Narciso Ibañez hilvana una historia de ciencia ficción de todo o nada, de Humanidad en peligro, cuya grandilocuencia no está en unas imágenes limitadas por unos medios técnicos escasos, sino en una narración tan sólida que te mantiene pegado al televisor. No me quiero ni imaginar la frustración de los espectadores que aquel 20 de mayo del 66 recibieran como una bofetada el vertiginoso cliffhanger con el que cierra la primera parte y, en cierto modo, les envidio.

La Alarma es una obra maestra de la ciencia-ficción del siglo XX. Hagámosle el hueco que se merece.

Jae Tanaka




jueves, 21 de enero de 2016

Intermedio: The Phantom Planet.

Debido a problemas de agenda, nuestro colaborador de los jueves, el infame Jae Tanaka, se ha visto obligado a faltar a su compromiso con este blog. 

En su defecto, ofrecemos un fanart perpetrado por el susodicho en el que, al estilo de las colecciones de cromos de los 80, presta tributo a esa joyita del año 61 que es The Phantom Planet, cuyo visionado recomendamos encarecidamente a todos nuestros seguidores.



Fanart de El Solarita, cuyo desdichado aspecto no debe llevar a engaño; por Jae Tanaka
The Phantom Planet  
© Four Crown Productions Inc.



Edward T. Knack.



martes, 12 de enero de 2016

The OCCULT Herald recomienda: The Great Martian War 1913-1917

Terminado ese maravilloso periodo navideño, en el que nos solemos poner ciegos a comer (de tal forma que por unos días entendemos al pobre sarlaac y su digestión de mil años), y en el que, si hemos sido buenos, los Reyes Magos de Oriente nos traen regalos, la alegre chavalería de The OCCULT Herald vuelve al tajo con las mismas ganas de siempre de hacer que nuestro vicio por la subcultura, la literatura Pulp y la cultura pop se extienda por el mundo. 

Dicho lo cual, hay que aceptar que una de las muchísimas cosas buenas que tienen las vacaciones de Navidad es que, por eso de que en la calle suele hacer un frío del carajo, parece que apetece más que nunca estar en casa, tirado en el sillón, tapado con una manta, consumiendo cultura a cascoporro. Y cuando digo eso de consumir cultura, estoy hablando de leer, ver pelis o series en la tele, o dándole a la consola -si eres de los que piensan que los videojuegos no deben considerarse cultura, haces el favor de irte del blog cagando leches- hasta que se te caen los ojos. Y resulta que, en ocasiones, la televisión a la antigua usanza (si, esa cosa tan antigua que te obliga a ver lo que te ponen a la hora que le da la gana a algún “lumbrera” que se dedica a diseñar la programación) te esconde alguna sorpresa agradable. Una sorpresa que me ha servido como excusa perfecta para poner en marcha de nuevo el blog. Una excusa en forma de falso documental emitido, recién estrenado el año, por La 2, titulado La Gran Guerra Marciana 1913-1917

Orbitando el sol, a unos 225 millones de kilómetros de nuestro hogar, el planeta Marte es, sin lugar a dudas, uno de las fuentes de inspiración literaria más asombrosa de los últimos ciento cincuenta años. Bautizado así en honor del dios romano de la guerra, ese pedazo de roca ha sido escenario de algunas de las más extraordinarias aventuras jamás escritas. Desde los clásicos de la literatura Pulp como el ciclo de novelas de Edgar Rice Burroughs protagonizadas por John Carter de Marte, clásicos de la ciencia ficción como las Crónicas Marcianas de Bradbury, hasta novelas de éxito tan recientes como la Trilogía marciana de Kim Stanley Robinson o la más reciente y entretenidísima El marciano de Andy Weir.

Sin embargo hoy quiero hablar de una obra que, si bien sus principales protagonistas son oriundos del Planeta Rojo, se desarrolla en nuestro planeta. Como ya habrán ustedes adivinado, hoy, en nuestra rentrée tras el parón navideño, es La Guerra de los Mundos la que se convierte en protagonista absoluta. 

El bueno de Herbie Wells
Y es que, de todo el enorme caudal de tinta y páginas impresas que han surgido a la sombra de Marte, no hay ninguna obra tan trascendental como la que Herbert George Wells escribiera y viera publicada allá por 1898. A Wells ya le hemos citado en varias ocasiones, puesto que como pionero en el género del romance científico, y por lo tanto uno de los padres fundadores de la moderna ciencia-ficción, su literatura fue una de las principales fuentes de inspiración para la literatura Pulp de los años 20 y 30. En el caso de la novela que nos traemos entre manos, a pesar de que la intención real de Wells al escribirla fue la de criticar los usos y costumbres de su Inglaterra victoriana y los males del colonialismo europeo, a buen seguro que jamás imaginó cuán lejos llegaría su obra.

Resumiendo la novela que es una barbaridad, en La Guerra de los Mundos asistimos a la invasión de la tierra por unos marcianos tecnológicamente mucho más avanzados que los terrícolas. Unos marcianos que, equipados con unas máquinas de guerra en forma de inmensos trípodes, no sólo nos dan para el pelo cosa fina, sino que encima engordan como gorrinos a costa de nuestra sangre. Menos mal que los humanos somos un foco de “viruses” y bichos malos que te rilas domitilia, y los invasores acaban palmando de un catarro mal curado. Anda y se jodan, por meterse con quien no deben.

"Men Hunting". Ilustración de Robert Czarny. 
Bueno, el caso es que Wells toco algo muy especial en la fibra sensible de los asustadizos terrícolas. Su novela, asombrosamente moderna, juega de forma magistral con algunos de nuestros miedos más atávicos (el miedo al que viene de fuera y es distinto, o el pavor que nos causan esos trípodes que recuerdan a insectos), haciendo que su narración sea atemporal. En algo más de un siglo que llevamos vivido desde que fue publicada por vez primera, las adaptaciones a otros formatos narrativos se han sucedido sin importar el momento que se viva. Desde la universalmente conocida versión radiofónica de Orson Welles de 1938, hasta la más reciente versión cinematográfica de Steven Spielberg de 2005, todas y cada una de sus adaptaciones son casi un éxito asegurado. Eso por no hablar de las obras literarias inspiradas o derivadas de la novela de Welles. Desde Alan Moore, que aprovecha La Guerra de los Mundos para el segundo volumen de su Liga de los Hombres Extraordinarios, hasta nuestro compatriota Félix J.Palma, quien en su magnífica El Mapa del Cielo hace un homenaje asombroso a la novela de Welles, dándole una vuelta de tuerca sencillamente genial.


Llegados a este punto, tras una introducción larguísima marca de la casa, toca llegar al meollo de la cuestión; el falso documental The Great Martian War 1913-1917. Esta co-producción británica/canadiense de 2013, que toma la novela de Wells como base para crear toda una nueva línea temporal, en un inteligente ejercicio de Historia Alternativa. A través de una combinación inteligente de los sucesos históricos reales de nuestro mundo en el periodo de la Primera Guerra Mundial, manipulando documentos de la época, entrevistas simuladas a veteranos del conflicto, así como de un aceptable uso de CGI, los autores del documental crean una línea narrativa coherente que, si somos capaces de quitarnos los prejuicios, resulta creíble. Y todo ello ateniéndose al canon de la novela de Wells. 


Durante las dos horas que dura el documental, mientras se nos narra de forma detallada los avances y retrocesos de los frentes de batalla, gracias a las entrevistas a los supervivientes y los veteranos de guerra nos adentramos en los miedos de los terrícolas ante el avance de la aparentemente invencible maquinaria de guerra marciana, logrando así una experiencia emocionalmente inmersiva. The Great Martian War 1913-1917 es una producción que cualquier amante de la literatura de género sabrá apreciar, y un ejemplo de las múltiples posibilidades que nos ofrecen los clásicos de la literatura y, por extensión nuestra propia historia. Un documental que desde The OCCULT Herald os recomendamos encarecidamente.


Eduardo Martínez.

jueves, 17 de diciembre de 2015

¿Jugamos al Retorno?

El título de esta entrada es la frase que, indefectiblemente y durante una buena pila de años decíamos o bien mi amigo Manolo o yo todas las tardes que arañábamos un rato a los deberes para poder juntarnos, que vivíamos puerta con puerta y parecía que los días no estaban completos del todo si no podíamos vernos un rato.


Kenner lo petó. Punto.  © Kenner
Jugar al Retorno consistía, como no es muy difícil de adivinar, en espanzurrarnos en el suelo rodeados de nuestros muñecos del Retorno (del Jedi) y montarnos unas historias mil veces más interesantes que las que podían acontecerle a cualquier crío de barrio de clase media de mediados de los 80. Jugar al Retorno era la epítome de la diversión, una droga de otra galaxia, aquello por lo que merecía la pena arrastrarse por las horas de colegio, pues eran el trámite necesario para la aventura. Jugar al Retorno era la polla.

Ya he dicho que éramos de clase media, así que no teníamos mogollón de Soldados de Asalto para montarnos las batallas de los anuncios de la tele, pero echándole ganas los pilotos de TIE y de AT-AT daban el pego, así que entre los dos sumábamos seis soldados imperiales contra los que los héroes (yo siempre jugaba con Luke, el de el mono beige de Bespin, mi favorito) podían descargar sus sables de luz o acribillar con sus láseres. ¡Qué tiempos aquellos en los que podías recrear escenas bélicas con tus juguetes (bélicos también) sin que metiesen a tus padres en el trullo!

Los sábados, además, jugar al Retorno consistía en irse al videoclub Carusso, alquilarse alguna de las tres pelis (Manolo, ¿nos alquilamos una del Retorno?), verla como si fuese la primera vez y luego meternos en su habitación o en la mía a jugar al Retorno. Queda claro que jugar al Retorno no consistía sólo en reproducir escenas del Episodio VI, sino de toda la trilogía, y también contar historias nuevas protagonizadas por Luke, Leia, Han, Chewie y algunos personajes que nos inventamos (En nuestros juegos, Boushh y Leia era dos personas diferentes, y bien que la liaba el cazarrecompensas retaco), creando así nuestro propio Universo Expandido.

Hay que ser muy hija de puta para no condecorar a Chewie, Leia.
 © Disney/Lucasfilms

¿Pero a que viene todo este tostón nostálgico? ¿Qué cojones, diréis, os importará mi infancia de niño gafotas ochentero? Pues viene a cuenta de que para muchos, que ya habíamos tonteado sin saber lo que era con el pulp gracias a las pelis de Tarzán o los tebeos del Capitán Trueno, Star Wars (La Guerra de las Galaxias por aquel entonces) fue nuestro primer contacto con ese pulp de tapadillo, ese pulp que no es pulp a primera vista pero que comparte un sinfín de puntos en común con el género que hace las veces de muro de carga de este blog. De hecho, se considera que una de las fuentes de inspiración de Lucas para crear la space opera más famosa de todos los tiempos (lo siento, trekkies, pero eso es así) fue La Legión del Espacio de Jack Williamson, que a su vez bebía de Los Tres Mosqueteros de Dumas. La obra de Williamson (que he de reconocer que no he leído) comenzó a publicarse, de acuerdo con Wikipedia, en la revista Astounding en 1934 como un serial dividido en 6 partes que posteriormente se recopiló en formato hardcover y contó con varias secuelas. Vamos, pulp requetepulp.

Como ya he dicho, no he leído La Legión del Espacio, así que no puedo comparar, pero los ingredientes pulp de Star Wars, sobre todo y en mi opinión en Episodio IV: Una Nueva Esperanza (la que en España, durante mogollón de tiempo se conoció como La Guerra de las Galaxias a secas) son más que evidentes. Me había planteado enfocar el artículo en esa dirección, en las raíces pulp de Star Wars (hablo de la segunda trilogía, la de los años 1977, 1980 y 1983) pero creo que todos los lectores del blog tienen en la cabeza un buen puñado de esos elementos. De modo que voy a dejar de lado eso, voy a dejar por sentado y reconocido que los episodios IV, V y VI son pulp y me voy a centrar en lo que he venido haciendo desde el principio: destacar el tirón emocional que el universo creado por Lucas tiene sobre los fans (los de verdad y los que se apuntan al carro, esos seres mononeuronales que dicen con una risa simiesca que son frikis porque ven Juego de Truños y juegan a Carcassone, la podredumbre de Nurgle malogre sobre su simiente)

Y es que Star Wars, la trilogía original, apela a algo muy profundo del ser humano. La trilogía del Jedi, la de Luke, como queramos llamarla, refleja, paso por paso y sin salirse ni un ápice del camino, el concepto del viaje del héroe de Campbell, que no es otra cosa que una manera de convertir esto que llamamos "vida" en algo dotado de significado. Es una interpretación 100% estética de la experiencia vital, y puesto que yo me especialicé en Filosofía de la Ciencia (¡eh! ¡que tengo estudios superiores y todo!) podría pasarme un par de horas poniéndole pegas, pero en realidad es una teoría con la que estoy de acuerdo en casi toda su extensión. Al fin y al cabo, el ser humano es religioso. No "religioso" en el sentido más extendido de la palabra. No hablo de creer en dioses ni nada parecido, sino que me refiero al significado más nuclear de la palabra, a su etimología, a ese "re-ligare" latino (ojocuidao que un latino es un señor con toga que habla con declinaciones, no Alejandro Sanz). El ser humano es un ser intrínsecamente religioso porque tiene una necesidad imperiosa, desde que deja de cagarse encima, de re-ligarse, de re-unirse con algo que dote de sentido al mero hecho biológico y absolutamente casual de existir. Repito que no hablo de dioses, ni de instancias superiores, ni de nada parecido. Yo soy una persona profundamente atea, pero me siento tan re-ligado con mi propia existencia como el más ferviente y sincero de los cristianos. La cosa no va de adscribirse a un credo, sino de buscar ser, además de estar.
"Te se pira la pinza, Tanaka"
Star Wars va de eso, de personajes que se re-ligan, que buscan un lugar al que pertenecer (a la Alianza Rebelde, a una familia perdida, a una pareja...), que luchan por ello sin desfallecer. Y es por eso por lo que la trilogía original cala tanto en el público, porque, permitidme el cuñadismo, va "directa a la patata". Todos y cada uno de los personajes de la trilogía clásica son una llamada a una faceta del ser humano: el entusiasmo, el descreimiento, la desconfianza, la ira, la lealtad... Emociones básicas, crudas, sentimientos que se muestran tal cual, de sopetón, y eso en definitiva también es el pulp, esa búsqueda del mensaje directo, de la frase sin doble sentido. El pulp, y Star Wars por ende, son como las camisetas de la linea Basic del Sprinfield: van a lo que van y sirven para lo que sirven (cubrirse el torso en el caso de las camisetas, mostrar  y despertar emociones desnudas en el del pulp), sin adornos, sin florituras, no hay otra interpretación posible. Una rosa es una rosa.

"Dame argo"  © Disney/Lucasfilms
En el momento en el que escribo este tostón filosófico estamos a menos de 24 horas del estreno de El Despertar de la Fuerza, el que sin duda es el evento friki del año (que conste que cada vez me da más porculo utilizar esa palabra). Los que leáis mis entradas sabréis que no pierdo la oportunidad de cagarme en el corazón de Disney, pero en este caso todo lo que he visto de la nueva película me tiene con un hype que no me cabe en los pantalones. Creo que la entrada de Abrams en la saga nos va a traer de vuelta todo lo que, inexplicablemente, Lucas nos quitó en la trilogía de Anakin, y no sólo porque según lo que he visto parece que han tirado del archivo de bocetos de McQuarrie para la dirección de arte, sino porque todo apunta a que nos va a devolver la emoción con mayúsculas.

La semana que viene, que ya habré visto la peli, haré mi entrada al respecto. Que os hable de ella como un ewok con capucha nueva o suelte vinagre por la boca es algo que ya sólo depende de Los Lejanos*.

*La versión castellana de Una Nueva Esperanza traduce the remote (el pequeño droide de entrenamiento) por Los Lejanos, en el que posiblemente sea el mejor error de traducción de la Historia, ya que dota a la escena de un misticismo que no tiene la versión original. Amén.

"Los Lejanos"  © Disney/Lucasfilms

Jae Tanaka



viernes, 2 de octubre de 2015

La Primera Familia (del pulp).

Ahora que Disney está poniendo patas arriba los cómics Marvel para encajarles en el exiguo lore de un puñado de películas para todos los públicos, es un buen momento para echar un vistazo al origen de todo: los Cuatro Fantásticos ¿Y porqué en este blog? Porque no se puede entender a los 4F sin el pulp.

The Fantastic Four #1 (Nov. 1961).
Lápices de Jack Kirby.
Según se cuenta (no es un dato confirmado oficialmente), la Primera Familia es fruto de un regalo envenenado de los jefazos de Marvel al entonces editor Stan Lee (oremos). La cosa, al parecer, fue algo así: “Oye, Lieber, estos de National Periodical Publications (posteriormente DC) se nos están comiendo por los pies, invéntate algo para competir con la JSA”. Algo que no debió hacerle demasiada gracia a “The Man”, puesto que no le gustaba nada la fórmula narrativa de aquellas historias. Así que puso en marcha ese cerebro extraterrestre que tiene y parió (con fecha editorial de noviembre del 61) a un grupo de gente con superpoderes, sí, pero que no eran meros disfraces de colores chillones, sino personas reales que se movía en un mundo real; nada de Gotham o Metrópolis: sus personajes vivían en Nueva York, y lejos de ocultar sus identidades bajo una máscara, eran personalidades públicas.

Y no sólo eso diferencia a los personajes de Lee de los superhéroes de la futura DC, también las historias: los 4F no se dedican a detener delincuentes, no son “vigilantes” (en cierto sentido tal vez sólo Spiderman encaja en ese concepto de “héroe guardián”, y en mi opinión es más cosa de Steve Ditko que del propio Stan Lee). De entrada, nos encontramos con que el líder del grupo, Reed Richards (¡¡¡santas aliteraciones, Batman!!!) lejos de ser un atleta profesional o un hábil combatiente, es un científico, una de las mentes más brillantes del planeta; su mujer Sue Storm (antes de poder genera campos de fuerza) tan sólo podía volverse invisible y el músculo del grupo, formado por el dúo cómico de La Cosa (el piloto Ben Grimm) y La Antorcha Humana (el eterno adolescente fiestero Johnny Storm) se preocupaban más de su aspecto o de joderse la vida el uno al otro. Es en este punto donde convergen el cómic de superhéroes y el pulp, ya que se podría decir que los 4F son protagonistas con poderes de una novela de Julio Verne, o de algún folletín sci-fi de la época. Sus primeras aventuras no consisten en desbaratar el robo de un banco o liberar a los rehenes de un secuestro, si no en viajar a una civilización que existe en una mota de polvo y ponerla a salvo o explorar un ignoto laberinto de galerías subterráneas habitado por criaturas ciegas y prehumanas. Es más adelante cuando empiezan a preocuparse de defender a la Humanidad de la poco amistosa visita de Galactus, pero incluso esas historias tienen un enfoque más cercano a la sci-fi de revista barata que al consabido “toma hostia fina” de los superhéroes con leotardos. Esta influencia de la sci-fi está presente en toda la obra de Lee, en la que la mayoría de sus héroes o bien son científicos, o bien han obtenido sus poderes “por culpa” de la ciencia.

En la actualidad, y por mucho que le pese al devorador de mundos en que se ha convertido Disney, los 4F son un icono de la cultura pop. Y lo son incluso dentro de su propia ficción: el merchandising de los 4F, a parte de las patentes de Richards, es una de las principales fuentes de ingresos de la Primera Familia, jugando así al cómic, al producto de consumo popular, dentro del cómic. La gente que puebla esa Nueva York de los 4F lleva camisetas de los 4F, lee cómics de los 4F. Es una manera extraña pero efectiva de romper la “cuarta pared” de la página, el personaje no habla al lector, sino que el universo entero de sci-fi de los 4F le acoge como un fan más, es un “tu podrías estar aquí” para el público, el “make mine Marvel” trasladado del correo del lector, a las páginas de una de las craciones más grandiosas del genio que es Stan Lee.


Los 4F dándose de morrros con Jack Kirby, en una viñeta de Wieringo.


Jae Tanaka.

(English Version, sorry for all the mistakes)

Now that Disney is putting upside down the Marvel comics to fit them in the meager lore of a handful of films for all ages, it is a good time to take a look at the origin of everything: the Fantastic Four. And why in this blog? Because you can not understand the 4F without pulp.

It is said (is not a fact officially confirmed), that the First Family is the fruit of a poisoned gift given by the bosses of Marvel to the editor Stan Lee. The thing, apparently, was something like, "Hey, Lieber, these guys National Periodical Publications (later DC) are eating our food, create something to compete with the JSA." He did not like too much the DC way of making comics, so he launched (with publishing date November 61) a group of people with superpowers, yes, but they were not mere gaudy costumes, but real people who moved in a world real; none of Gotham or Metropolis: those characters live in New York, and away to hide their identities behind a mask, were public figures.

The 4F are not dedicated to stop criminals, they are not "vigilantes" (in a sense perhaps only Spiderman fit that concept of " guardian hero "and in my opinion is more a Steve Ditko's idea). We find that the group's leader, Reed Richards (holy alliteration, Batman!!!) far from being a professional athlete or a skilled fighter, is a scientist, one of the brightest minds on the planet; his wife Sue Storm (before it can generate force fields) could only become invisible, and the muscle group, formed by the comedy duo of The Thing (the pilot Ben Grimm) and Human Torch (Johnny “eternal adolescent partying” Storm) they are more concerned about their appearance or worried annoying each other. It is at this point that converge superhero comics and pulp, as you might say that 4F are players with powers of a novel by Jules Verne, or some sci-fi serials. His early adventures consist not thwart a bank robbery or free the hostages of a kidnapping, if not traveling to a civilization that exists in a speck of dust and make it safe or explore an unknown labyrinth of underground tunnels inhabited by creatures blind and prehuman. It's later when they begin to worry about defending humanity from the unfriendly visit of Galactus, but even those stories have a closer approach to the sci-fi magazine that the usual cheap "punch in the face" of superheroes in tights. This influence of the sci-fi is present in all the work of Lee, in which most of his heroes are either scientists or have obtained their powers "because" of science.


Currently, and despite much the devourer of worlds in which Disney has become the 4F are an icon of pop culture. And they are even within his own fiction: the merchandising of 4F is one of the main sources of income for the First Family, and playing the comic, the popular consumer product within the comic. The people who populate that New York wears 4F t-shirts, read 4F comics. It is a strange but effective way to break the "fourth wall" of the page, the character speaks to the reader, but the entire universe of sci-fi of 4F welcomes you as a fan more, is a "you could be here "for the public, the" Make Mine Marvel "moved the mail reader to the pages of one of the greatest creationes by the genius that is Stan Lee.

Jae Tanaka