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jueves, 28 de abril de 2016

El Ministerio Transmedia

Bajo el título de El Ministerio Transmedia, ayer se celebró en la Fundación Telefónica el 9° Foro de Innovación Audiovisual. A pesar de haber pasado por el oftalmólogo y tener las pupilas más dilatadas que un chamán Hopi, asistí como buen Ministérico que soy. Faltaría más.

Entre el público había más frikis que personas.

A lo largo de casi dos horas se habló de un buen puñado de cosas relacionadas con la expansión transmedia del universo MdT, pero la lectura que a mi personalmente me merece la pena sacar de todo esto que Javier Olivares tiene una manera de concebir el medio audiovisual más rara que un perro verde. Puntualizo: Javier Olivares tiene una manera de concebir el medio audiovisual, en España, más rara que un perro verde. Y cuando digo Javier Olivares me refiero, evidentemente, a todo el equipo de gente del cual es (me atrevería a decir que a su pesar) cabeza visible. Y es por esto mismo por lo que, como ya dije en una entrada anterior, Olivares está en mi Trinidad de Creadores Audivisuales Españoles junto a Edgar Neville y Narciso Ibañez Serrador.

Más majos que las pesetas.
¿En qué consiste esta excepcionalidad del autor? Ya he dicho muchas veces que el principal defecto que tiene el medio audiovisual es España es la autocomplacencia y el ombliguismo. Llevo casi 20 años dándome de leches en este mundo y la mayoría de profesionales con los que he trabajado, a pesar de tener muchísimo talento (no todos) suelen enrocarse en repetir una fórmula que ya les ha funcionado con anterioridad y creerse algo más que simples fabricantes de ocio. Tengo una especial aversión a las religiones, así que pocas cosas me dan más grima que un profesional endiosado, y es que en España hay más divas que en un certamen de Miss Universo Gay. Hay gente te mira como diciendo "Oiga, yo es que hago películas (o cómics, o novelas); estoy en estado superior de existencia", y me jode especialmente ver que profesionales de otros países no caen en ese engolamiento. Que evidentemente también los hay (los franceses hacen honor a su fama de subiditos), pero es un mal endémico del medio audiovisual patrio. Con motivo o sin el, creo que no hay nada más fatuo y patético que creerte algo especial cuando tu trabajo consiste en hacer que la gente pase un buen rato (ya sea animando, escribiendo o ilustrando), y siempre que leo u oigo algo de Javier Olivares, me da la impresión de que nuestras ideas tiran por los mismos derroteros. Olivares viene a ser para este mundo como el Señor Lobo de Pulp Fiction, ese tío que, cuando todo el mundo está dándose palmaditas en la espalda, encantado de haberse conocido, viene a decir que no nos chupemos las pollas.

"En verdad os digo..."
En un momento del foro se lanzó la pregunta de a qué creíamos que se debía el éxito del Ministerio del Tiempo. Entonces me erigí cual profeta sobre el pueblo elegido y vine a decir que creo que es porque el equipo de la serie no se chupa las pollas y piensa que siempre puede hacerlo un poco mejor. La autocomplacencia es la mano del verdugo de cualquier creador, y ver que una gente que ha desarrollado un producto que está funcionando tan bien como MdT no cae en ella da mucho gustico. Y lo mejor es que no tiran para el lado contrario de la humildad fingida. Olivares, la gente de MdT, sabe que su producto es la hostia, pero no por ellos se conforma con repetir la fórmula que ya les funcionó en la primera temporada, sino que buscan mejorarse, innovar, cambiar de género de un capítulo a otro y echarle huevos cuando, como remachó Olivares, tienen un presupuesto de mierda. Hay que tener un equilibrio personal muy tocho para decir, como dice Olivares que "la autoría es la autoría" (algo así como "aquí manda mi polla mora") y no sonar como un creído, sino como un tío que tiene claro lo que quiere hacer y cómo hacerlo y que se deja el culo en que salga adelante. La gente de MdT no se duerme en los laureles porque no va de nada. Escuchar a un chaval como Pablo Lara o al grandísimo (no sólo en tamaño) Agustín Alonso, decir que hay más cosas que no se han podido hacer que las que se han hecho, darte cuenta de que se han metido hasta los sobacos en apoyar el proyecto de los hermanos Olivares, es satisfactorio de cojones. Y todo esto lo hacen sin aspavientos, sin divismos, dejando muy claro que se dejan el pellejo en lo que hacen pero que lo que hacen es ocio, y negocio. Lara recalcó que una de las variables más importantes a la hora de lanzar un nuevo producto relacionado con la serie es cómo monetizarlo (We're only in it for the money, que dirían The Mothers of Invention). Fue como decir: "chicos, MdT mola, tiene un componente emocional innegable, hemos creado lazos, pero es una serie de tele, y tiene que hacer caja o se muere".

Al hilo de esto creo que los fans debemos hacer un poco de autocrítica también, y entender que es una serie de tele, que a nadie le va la vida en ello y que por mucho que pidamos que vuelva Pacino la temporada ya está rodada y no hay tutía. El "hold your titties" que nos soltó Olivares a los Ministéricos es una muestra más de esa manera de hacer las cosas que tiene esta gente: lo mejor posible, pero cero dramas, siempre smile.


Jae Tanaka.


En este enlace podéis ver la charla completa. El homeless que coge el micrófono soy yo:



Las fotos que acompañan al texto son de @LucreziadeBorja 




viernes, 22 de abril de 2016

Freddy

Ya he hablado antes por aquí de lo mucho que me pone Narciso Ibáñez Serrador. No sólo por su obra, si no por su posicionamiento ante el medio y el concepto de creación. Chicho ha sido lo mejor que ha dado la narrativa audiovisual española desde Edgar Neville, y sólo ahora con Javier Olivares parece que estamos asistiendo al nacimiento de otro semejante.*

Palabras malsonantes y/o lenguaje sexual explícito en adelante

En 1982, quince años (tiene mi amor) después de la última emisión de Historias para no Dormir, Narciso Ibáñez Serrador retoma su serie de relatos de terror en TVE, Arranca con un episodio mucho más cercano al giallo que al tono "britanizante" de las entregas anteriores. Se aparta así de suspense y terrores góticos para zambullirse en una piscina de sangruza más del gusto de los geniales Bava o Argento. De lo que no reniega Narciso es de su habitual introducción, en la que le vemos no con su descocado aspecto ye-yé de los 60, sino luciendo ya su icónica barba. Vale que ha perdido flequillo, pero no se ha dejado atrás ni una gota de la retranca de su juventud. Y es que la intro del episodio es un uppercut despiadado a la dirección de Radio Televisión Española, la cadena, recordemos, que le daba de comer en ese momento. Con dos cojones. Sentadico en una butaca, con sus habituales papelotes, Narciso Ibáñez, sin aspavientos ni malos modos, nos cuenta que su idea inicial era producir una serie larga, si no de 18 episodios como la primera temporada, al menos de 8 como la segunda, pero que la racanería de la directiva, que no le da ni un puto duro, le ha llegado para hacer sólo 4, aquellos que, por guión, requerían de menos recursos. Eso lo suelta así, con una sonrisa de "tengo los huevos negros del humo de mil batallas". Hace un elogio del equipo técnico, que se ve obligado a trabajar con un material de mierda, y recalca eso, que mientras a otros RTVE les cede equipamiento cinematográfico, a el le ha dado un par de tomavistas y dos focos medio fundidos y ahí te quedas, pringao. Y ojocuidao que el episodio con el que abre la temporada, Freddy, es la leche, que ahora hablaré un poco de el. 

"Dinero mucho mejor"
Con lo que quiero quedarme es con la actitud de Narciso y lo que se desprende de ella. Cuando un tío te pide disculpas por no poder ofrecerte el producto con la calidad que él querría, básicamente porque RTVE es (y sigue siendo) un puto geriátrico dominado por inútiles, ignorantes, retrógrados y vagos, pero luego ves el episodio y es una lección de narrativa audiovisual, creo que es necesario leer entre lineas y sacarle el jugo a lo que ha pasado ahí. Lo que ha pasado es que un tío que ha hecho historia de la televisión se enfrenta a unas condiciones de mierda para sacar adelante un producto, y además en vez de tirar por el camino asfaltado y reproducir lo que había funcionado 15 años atrás, se mete hasta los sobacos en la ciénaga de cambiar de género y de estilo narrativo (genial cuando afirma que no quería volver a hacer "teatro fotografiado") y sale triunfante como un puto gran húngaro. Lo que ha pasado ahí es que no se ha conformado con la miseria que le han dado, ni ha caído en la autocomplacencia, que es el verdadero pecado de la mayoría de los que se dedican a contar historias o crear imágenes en España. Llevo casi 20 años trabajando en audiovisuales (televisión, cine, publicidad, cómic...) y es difícil encontrar a alguien que no se conforme con hacer algo que ya le ha funcionado antes. Cuando estás en el cole y haces un churro y a tus compañeros de clase les flipa, es normal que lo dibujes otra vez (parte de mi infancia consistió en dibujar el jeromo del Joker en carpetas escolares), pero cuando nos estamos dedicando a esto y nos ponemos la medallita de "profesional", ir sobre seguro acaba apestando a cerrao, y ya ni te cuento cuando lo que haces es feo y además tienes un cuerpo de palmeros flamencos detrás diciéndote lo bonico que eres. En fin... Al lío

Freddy. Como explica Narciso en la intro, es un relato lleno de tópicos y lugares comunes, pero tan bien llevados que más que hacerte creer que estás teniendo un deja vù, te hacen sentir como en casa. La trama no podía estar más sobada: un muñeco de ventrílocuo asesino hace de las suyas es una compañía de varietés (atención que la primera a la que da matarile es a la Bombi en un deshabillé que da gloria verla). Narciso deja muy claro desde el principio que el muñeco es el malo (Freddy es el nombre del malvadísimo monigote) pero por si acaso te creías que la cosa iba a ser tan fácil te mete un giro de guión al final, que aunque no es de esos que te dejan el culo de medio lao, es suficiente para sacarte una sonrisilla de "ah, cabrón... que me la tenías guardada". Es verdad que la falta de medios es patente, sobre todo en en cuestión de imagen, que tiene la misma calidad que la grabación del cumpleaños de mi primo cuando le regalaron la equipación de fútbol de Naranjito, pero incluso viéndolo ahora desde el (cansino a más no poder) revival de los 80 tiene hasta su encanto. Puedo decir en mi descargo que a mi ya me gustaban los 80 antes de que se pusiesen de moda.

El reparto, como siempre, magistral, actores de teatro de toda la vida, otra de las señas de identidad de la obra de Ibáñez. Además de la ya citada Fedra Lorente, y como contrapunto a su voluptuosidad caballona de desplegable de Interviú tenemos a la guapísima Silvia Tortosa, que da todo el pego de refinada cantante francesa. Y como no, a Narciso Ibañez Menta, enormísimo en su papel del Gran Danieli, prestidigitador italiano viejo verde y golfo como el sólo.

Con Freddy, Serrador no creó un referente televisivo, pero dejó claro que incluso con unos medios de mierda puedes hacer maravillas si tienes talento.

Jae Tanaka.


* Con el permiso de Alex de la Iglesia, a quien considero el discípulo jevitrón de Serrador. Tal vez por eso, por su condición de discípulo continuador de un estilo ,con su jodidamente genial visión, ojo, más que de rupturista, no ocupa un puesto en mi Trinidad.




martes, 15 de marzo de 2016

Da Vinci's Demons; Pulp en la pequeña pantalla (II)

By Michel Wolgemut, Wilhelm Pleydenwurff (Text: Hartmann Schedel) - Own work (scan from original book), Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=882205
Florencia en la Crónica de Nuremberg (1493).
Más o menos en la  época en que Leo corría sus aventuras.
Querido lector, seas quien seas, no sé exactamente en qué país vives. Si me atengo a los datos que tan amablemente nos dan los señores de Google, lo más probable es que vivas en España o en Estados Unidos (sorprendente la cantidad de visitas que recibimos de allí). Sea como fuere, si escribo la palabra Netflix todos sabréis de que hablo. De ese maravilloso invento de televisión a la carta en streaming, que por una suscripción tirada de precio, nos garantiza una auténtica sobredosis de entretenimiento catódico. Lo adoro.

El caso es que en Netflix España, desde el pasado fin de semana, tenemos a nuestra disposición las dos primeras temporadas (la tercera y última estará al caer) de una de las series de televisión más descaradamente Pulp jamás rodadas: Da Vinci’s Demons. Un delirio que mezcla historia y fantasía para goce y disfrute de cualquier lector de género Pulp de aventuras, y que es uno de mis Guilty Pleasures más descarados. Pero hagamos un poco de historia, que de eso se trata cuando toca recomendar algo.

By Leonardo da Vinci - Leonardo Da Vinci - Photo from www.lucnix.be. 2007-09-08 (photograph). Photograpy:This image is the work of Luc ViatourPlease credit it with: Luc Viatour / www.Lucnix.be in the immediate vicinity of the image. A link to my website www.lucnix.be is much appreciated but not mandatory.An email to Viatour Luc would be appreciated too.Do not copy this image illegally by ignoring the terms of the license below, as it is not in the public domain. If you would like special permission to use, license, or purchase the image please contact me Viatour Luc to negotiate terms.More free pictures in my personal gallery[Note: this is in the public domain, despite the photographer's contradictory claim. Any use is permissible, and no credit to the photographer is necessary.]Nikon case D80 optical Sigma 17-70mm F2,8/4,5 Macro, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2738140El 12 de abril de 2013 la cadena norteamericana de cable Starz estrenaba la serie Da Vinci’s Demons. Salida de la imaginación de David S. Goyer (responsable, entre otros, del guion de la fascinante Dark City o de la reciente trilogía de Batman), Da Vinci’s Demons nos traslada a la Florencia del siglo XV. Una Florencia en la que, por debajo de las intrigas de poder entre las brillantes ciudades estado de la Italia del Renacimiento, probablemente el periodo más fascinante de la historia hasta nuestra presente Edad Tecnológica, se desarrolla una lucha oculta entre la Iglesia y una antigua sociedad secreta por el control de un misterioso libro que oculta secretos capaces de otorgar el control del futuro, El Libro de las Hojas. En medio de esa guerra en las sombras (o no tanto) se ve envuelto un joven Leonardo de poco más de 25 años, un genio sobrehumano irreverente, tan capaz de diseñar cualquier ingenio fantástico como de salir airoso de un lance de capa y espada (que el gachó con una espada en la mano tiene más peligro que Kim Jong-un en un silo de misiles nucleares), para terminar en el lecho de alguna bella mujer; un trasunto renacentista de Sherlock Holmes y Bruce Wayne. En esencia casi un super-héroe. Por descontado Da Vinci´s Demons no es una ficción histórica como pueden ser Roma de la HBO o Vikings, de History Channel. En palabras de su creador, Da Vinci’s Demons es una fantasía histórica, un excepcional producto de entretenimiento en el que se nos pretende contar la “auténtica historia” de Leonardo, que con una estética asombrosamente parecida al de los videojuegos de la serie Assassin’s Creed, está más cercano en espíritu a la española Águila Roja que a los ejemplos antes citados. 

By Leonardo da Vinci - Web Gallery of Art:   Image  Info about artwork, Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=15497207
Aunque aquí está hecho un abuelete,
en la serie todos están buenos que te rilas.
Y es que a lo largo de las tres temporadas apasionantes de Da Vinci’s Demons asistimos a una desenfrenada carrera en la que los guionistas, conscientes de la historia que tienen entre manos, jamás se reservan nada para el siguiente capítulo o la siguiente temporada. Toda la trama es un colosal tour de forcé, una carrera loca hacia el precipicio, en la que capítulo tras capítulo la apuesta sigue subiendo. Con una estética sencillamente espectacular (todos los personajes molan, pero todos, todos... y el conde Girolamo Riario ya es que se sale de la tabla de molar), y un desenfadado sentido de la acción, los guionistas construyen una clásica historia de enfrentamiento entre el bien y el mal, en la que nada es lo que parece. Una historia que. Al igual que las buenas novelas Pulp, reclama nuestra complicidad para dejarnos inundar por el Sentido de la Maravilla. Porque es condición sine qua non que el espectador suspenda su incredulidad para hacerse partícipe de la lucha de Leonardo por nuestro futuro.

En definitiva Da Vinci’s Demons es una rara avis que los amantes del Pulp deberíamos disfrutar. Y tenerla ahora en Netflix, tan asequible, es una excusa perfecta para hacerlo (que vale, que hay otras formas de legalidad dudosa, pero no es plan). Y ya de paso la serie nos debería hacer reflexionar sobre algo que hemos apuntado aquí Jae Tanaka y un servidor en numerosas ocasiones. En España tenemos una historia fascinante que deberíamos explotar más. Ya hemos hablado hasta el aburrimiento de nuestra admiración por El Ministerio del Tiempo, otra serie de televisión descaradamente Pulp. Coño, los juntaletras deberíamos hacer lo mismo más a menudo. Aprovechar nuestro legado histórico para crear historias de un carácter marcadamente Pulp, pero que podamos sentir con pleno derecho como nuestras. Mientras un servidor vuelve a flipar con las aventuras de Leonardo en la Italia del Renacimiento, os animo a los que tenéis espíritu creativo para que exploréis esa vía. Hay muchas historias que contar, y nos están esperando. 


Eduardo Martínez.

viernes, 12 de febrero de 2016

El Ministerio del Tiempo: Tiempo de Leyenda


Están todos buenísimos. Es un poco humillante...
Tal y como habíamos dicho anteriormente, ayer por la noche los irresponsables que habitualmente firman las entradas de este blog acudimos a una de esas citas a las que no se les puede decir que no. Nos habían invitado, por diversas razones en cada caso, a la premiere de la segunda temporada de El Ministerio del Tiempo. Así que para allá que nos fuimos, tan nerviosos quese nos salía el pis como a un cachorro de perrete.

Sería sencillo hasta cierto punto hacer un resumen somero de la velada. Que si vimos a los actores por aquí, que si a Javier Olivares y Anaïs Schaaff por allá, que si a un servidor le entrevistó en directo la encantadora Paloma G. Quirós para la retransmisión de RTVE.es (¿He dicho ya que Paloma es un encanto?), o que si el otro miembro del dúo sacacorchos disfrutó de la proyección en primera fila. Y también sería muy fácil acudir a lugares comunes para afirmar con rotundidad que nos lo pasamos teta. 

Pero como a este blog le ponemos cariño, y le entregamos un tiempo que muchas veces casi ni tenemos, vamos a hacer las cosas como Cthulhu manda. Vamos a tratar de hablar de ese primer capítulo de la segunda tanda, titulado Tiempo de Leyenda, sin caer en spoilers. Y de paso lo aderezaremos con alguna que otra reflexión sobre nuestras profesiones de pintamonas y juntaletras respectivamente.

Después de una primera temporada de ocho episodios, se puede afirmar sin tener miedo a exagerar, que El Ministerio del Tiempo forma parte ya del exclusivo club de las series de culto. Esas series que generan a su alrededor una casi imposible conexión entre una parte muy especial de los espectadores, generalmente la más exigente y especializada, y la crítica. Una serie que rompe las convenciones y hace avanzar la forma de contar historias. La primera temporada de El Ministerio del Tiempo, por si sola, había bastado para convertirla en parte de la historia de la televisión en España. Una de esas series de las que, dentro de veinte o treinta años, si es que seguimos dando guerra y no nos hemos ida a hacer puñetas definitivamente, seguiremos hablando con una mezcla de nostalgia y admiración. Las razones ya las expuse hace una semana en un artículo que, lo reconozco, era más bien de fangirl exaltada que de un aspirante a analista de la narrativa pulp y la cultura pop. Es lo que tiene ser un ministérico. 
Imagen promocional de la segunda temporada ©RTVE

"No empecemos a chuparnos
 las pollas"
Llegados a ese punto, de cara a una segunda temporada, los responsables de la serie tenían tres caminos por tomar, tres posibilidades. La más sencilla habría sido la de mirarse el ombligo, con autocomplacencia, pensando que todo el trabajo estaba hecho. En plan, “joder, somos tan buenos que para qué tocar nada”. Sí, eso que es tan habitual en el mundillo editorial hispano, y de lo que pecamos también nuestro pequeño nicho del Pulp. Que nos creemos la hostia en verso y somos capaces de enseñar cualquier mierda pensando que es néctar de los dioses (obsérvese que en ambos casos nos estamos incluyendo, para que luego no nos vengan con suspicacias, pero ya volveré a este asunto más adelante). Tenemos, entre otras muchas, que aprender una cosa del equipo de El Ministerio del Tiempo, y es ese espíritu de "siempre podemos hacerlo mejor" que se ve detrás de cada episodio y de cada evento con los fans. Y es que la autocomplacencia es el cáncer de la creatividad.

 La opción dos habría sido la de cagarse en los pantalones, bajárselos sin ningún decoro, y dejar que los directivos del ente público les sodomizaran convirtiendo la serie en Los Serrano viajan por el tiempo (cosa, que por otro lado, mataría por ver si conviviese con la serie original). Que os confieso que, tras las declaraciones del año pasado tal anunciar la renovación, en las que decían que desde televisión española habían sugerido cambios para hacer la serie más accesible al público –ya me gustaría pillar por banda al gilipollas de ejecutivo que, tras tirarse un sonoro cuesco, creyó que eso era una idea-, me tenía acojonado. Vamos, que tras apagarse las luces del Cine Capitol, una fría gota de sudor me recorría el espinazo.

Fotograma del episodio "Tiempo de Leyenda"
Y la tercera, la más difícil y arriesgada, era la de levantar los ojos del ombligo, mirar al vacío, y dar un salto de fe. La de, confiando de nuevo en la inteligencia de los espectadores, ser fieles al universo y la mitología creadas en los primeros ocho capítulos. La de volver a apostar fuerte. Y joder si lo han conseguido. Porque, muy señores míos, el capítulo nueve de El Ministerio del Tiempo, primero de la segunda temporada, es una auténtica maravilla. Una pieza de orfebrería donde el espectador pasa de la carcajada a dejar caer una lágrima en cuestión de segundos. Un guión sencillamente redondo en el que se retoma el testigo de lo ocurrido en la primera temporada, y se lanza la pelota hacia delante con más fuerza. Todo lo que hizo brillante a la primera temporada está ahí: sus notas de humor inteligente, sus referencias cruzadas, esos running gags que se estiran lo justo, su conocimiento y amor sin complejos a la historia de España. También hay lugar a la emoción, a sentir lástima y compasión. Y lo que de verdad me dejó, y no encuentro mejor manera de describirlo, el culo que no me entraba un cañamón. ÉPICA. Así, con mayúsculas. Hay lugar a la épica. Ya lo decía ayer, en plena efervescencia del post-capítulo en Twitter, En España, tanto en el cine como en la televisión, hemos demostrado que somos capaces de rodar comedia, drama, romance, thriller, etc. Casi todos los géneros. Pero teníamos una deuda pendiente con el género de la épica. Pareciera, y léase la ironía, que nos diera miedo. Pero ayer, cerca del final del capítulo, de un capítulo que gira en torno a la figura clave y fundamental de la épica en lengua castellana, Rodrigo Díaz de Vivar, Mío Cid el Campeador, nos pusieron a un servidor y al resto de casi dos mil espectadores que abarrotaban el Cine Capitol, los pelos como escarpias. La sabia combinación de unos actores en estado de gracia, un guión brillantísimo, una música impactante, unos recursos digitales aprovechados más allá de lo que pueden aprovecharse (si logran hacer esto con el presupuesto que tienen, no me quiero imaginar lo que podríamos llegar a ver con el presupuesto de una serie de la BBC), y una dirección casi perfecta, han creado la primera secuencia auténticamente épica jamás rodada por una producción española. Lo dicho, se os va a quedar el culo torcido. Una épica sustentada, como no podía ser menos, en un guión en el que, y me encantaría poder hablar esto con Javier Olivares, creo encontrar referencias de la narrativa de Pérez-Reverte. Son los suyos unos héroes cansados, que rigen su vida por unos principios y una moral propia que el resto de los mortales no llegan a entender, pero que no pueden dejar de admirar. Y ayer vi a unos colosales Sergio Peris-Mencheta y Nacho Fresneda encarnando a unos héroes cansados, protagonistas de las mejores secuencias épicas que hemos visto en la televisión. 

Dicho todo esto, toca mencionar, una vez más a los responsables primeros de todo este milagro. Algo que me toca muy de cerca por eso de ser un humilde juntaletras, un aspirante a narrador (en esta vida siempre se es aspirante). Si bien el equipo de la serie ha demostrado que, desde el primero al último, son de lo mejor que el mundo audiovisual español puede aportar, nada de esto habría sido posible sin que los hermanos Olivares idearan El Ministerio del Tiempo. Es gracias a ellos y al trabajo ingrato del resto de los guionistas, que esta serie es lo que es. Un trabajo que es menospreciado en España hasta límites que dan asco. Hace menos de una semana, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España celebraba la 30 edición de los Premios Goya. Mientras deleitaban al espectador con un nuevo ejercicio bochornoso de ombliguismo, con, oh novedad, un discurso del presidente de la academia, el cómico Antonio Resines, en el que volvían a darnos lecciones de ética y moral; a los guionistas se les trataba casi como si fueran ciudadanos de segunda. Gentuza prescindible, que no merece pisar la dichosa alfombra roja en compañía del resto de colegas de gremio. Debe ser que las historias se escriben solas. Que esos textos que permiten que actores como el propio Resines puedan brillar. Puede ser que sea eso. De forma que entiendo y comparto el hastío y el hartazgo profundo que ayer mismo por la mañana manifestaba Javier Olivares. Comprendo, con todo lo que ello significa, que los creadores se cansen de ser menospreciados, olvidados. Por eso cuando en la noche de ayer, en la que Javier Olivares, como representante de su hermano Pablo y del resto de guionistas de la serie (Anaïs Schaaff, José R. Fernández y Paco López Barrio en la primera temporada), recibió el reconocimiento de un público entregado; tuve el privilegio de vivir en directo uno de esos raros momentos en los que se hace auténtica justicia. 

Habrá gente que no disfrute con El Ministerio del Tiempo como o puede hacer un servidor, incluso los habrá que no les guste o les aburra. En un país donde la basura catódica made in la Cadena Amiga de Fuencarral (Telahinco) sigue logrando magníficos resultados de audiencia todo es posible. Pero esto es como lo de las moscas y la mierda, el número no da la razón. De ser así miles de millones de moscas son la prueba palpable de que la mierda es apetitosa. E incluso habrá lectores que, teniendo mejor gusto que los antes citados, tampoco estén de acuerdo con lo que opino. Ya se sabe lo que se dice de las opiniones y los culos; todos tenemos uno y nos creemos que solamente los de los demás apestan. Es probable. 

Pero si de algo sirve el consejo de este servidor, si no se han enganchado ya a El Ministerio del Tiempo, todavía están a tiempo de hacerlo antes de que, tarde o temprano, algún gilipollas cuyas dos únicas neuronas tienen por fin el permitirle robar dinero público y atarse mal la corbata, decida privarnos de ella. Me gustaría creer que vivimos en un país cuya televisión pública actúa de forma inteligente, y además de dar auténtica libertad a los creadores, renueva de forma automática a una serie de las que otorgan auténtico prestigio. Si, prestigio. Un valor intangible mucho más importante que el share (si alguien tiene huevos y paciencia que le explique eso a aquí los políticos y economistas de nueva hornada, que verán que risa más floja les entra). 

Recuerden ustedes lo que les digo: No es televisión, no es HBO…es El Ministerio del Tiempo.


Eduardo Martínez.

martes, 9 de febrero de 2016

B.O.E. (Boletín de O.C.C.U.L.T Extra)

Esta semana The O.C.C.U.L.T. Herald mueve un día sus entradas para poder dedicar el viernes al preestreno de la segunda temporada de El Ministerio del Tiempo, al que Pompoff y Thedy, los ínclitos responsables de esta patraña, han sido invitados junto a sus respectivas el jueves noche.

Fanarts de Jae Tanaka

Edward T. Knack

martes, 2 de febrero de 2016

El Ministerio del Tiempo, el Ministerio del Pulp



©RTVE

Todos los gobiernos del mundo tienen secretos, y España no podía ser menos. Nosotros tan sólo tenemos uno, aunque es muy antiguo. El nuestro es una división del gobierno, un ministerio que en sus orígenes nació como un despacho de la corona en tiempos de los Reyes Católicos, y cuyo fin es vigilar y controlar una serie de puertas que comunican nuestro presente con el pasado, para que nadie utilice el tiempo en beneficio propio y la línea temporal se mantenga íntegra. Porque el tiempo es el que es. Hablamos de El Ministerio del Tiempo.

En serio, cuando hace cosa de un año la televisión pública española nos anunciaba una serie de producción propia que, en líneas generales, contaba lo que he resumido arriba, la primera sensación que nos recorrió a los aficionados al género fue de absoluta incredulidad y de escepticismo. Coño, que hablamos de España. Y en España, una serie de corte fantástico, era poco menos raro que oír a Paquirrín hablando de física cuántica. Primero porque en un país en el que los Carlos Boyero de turno, y su corte de lamedores de orificios, son el epítome de lo que debe ser considerado cultura de forma oficial, los malditos prejuicios que se tiene hacia los géneros de fantasía y ciencia-ficción pesan más que un mal matrimonio. Y segundo por nuestra legítima incredulidad hacia lo que se había hecho hasta ese momento. Vale, teníamos nuestras Historias para no dormir, a la que Jae tanaka dedicó hace unos días una entrada cojonuda, que es prehistoria televisiva, y Plutón B.R.B. Nero, el homenaje hispano de Alex de la Iglesia, uno de los nuestros, a la legendaria Red Dwarf era eso, una comedia y una excepción… Así que no cuenta. Es que, ojito al listado rápido, háganse ustedes cuenta del historial televisivo que hemos sufrido en España desde los años 90, auténtico festival del despropósito cuando hablamos de género de fantasía o ciencia-ficción: El Barco, Los Protegidos, El Internado, La Fuga, Piratas o Alatriste (Dios, pero que enorme es Telecinco produciendo auténtica basura… un día habría que dedicarles una entrada, que se lo han ganado a pulso). Y muy probablemente los padres de El Ministerio del Tiempo, los hermanos Pablo y Javier Olivares, pensaron en más de un momento que su idea era una auténtica locura. 

©RTVE

Pero se produjeron dos fenómenos extraordinarios. El primero que esos dos soñadores, los hermanos Olivares, lucharon por lograr que ese proyecto inviable en España se hiciera realidad. Y el segundo que una parte muy especial de los espectadores, curiosamente la más desencantada con nuestra televisión, aceptamos embarcarnos en esa aventura de forma incondicional. Y sucedió lo que sucedió. Pura magia.

La noche del lunes 24 de febrero nos sentamos frente a la pantalla para, por vez primera en nuestra televisión, despertar eso que los anglosajones llaman Sense of Wonder, el Sentido de la Maravilla. Durante ocho magníficos episodios de algo más de una hora conocimos a nuestra patrulla del tiempo. Si, nuestra. Porque desde el minuto uno decidimos, en mágica comunión, que Julian, Amelia Folch y Alonso de Entrerríos (Dios, que magnífico Alatriste habría sido Nacho Fresneda) eran nuestros. Irene, Ernesto, Angustias, Salvador o Velázquez; todos ellos, parte de nuestro equipaje sentimental televisivo. 


El primer fan-art que se hizo de
El Ministerio del Tiempo, y el que
más repercusión ha tenido. Y es
obra de Jae Tanaka... ¡¡¡Toma ya!!!
El Ministerio del Tiempo, al que muchos gilipollas con la boca más grande que los túneles de la M-30 llamaron el Doctor Who español antes de haberla visto, es un magnífico y valiente ejercicio de imaginación. Sus guiones, que después de mi último y reciente visionado de la serie terminado hace apenas ocho horas puedo describir como un asombroso mecanismo de relojería en el que todas las piezas encajan a la perfección, destilan un respeto enorme a los espectadores, a los que por vez primera en muchísimo tiempo tratan como a un igual, no como a tontos a los que hay que alimentar con cuerpos Danone, familias prefabricadas y humor chabacano. Sus guiones, que como decía son sencillamente geniales, construyen en la primera temporada las bases sólidas para un universo narrativo de fantasía que, en el mundo anglosajón (que sigue siendo el referente de estos temas por más que nos joda), podría extenderse hasta el infinito. Un universo narrativo que bebe de nuestra historia, nuestras raíces, nuestra cultura. La serie más española que se haya rodado, y la más moderna, sin ningún género de dudas. Una serie de la que, merito del talento extraordinario de todo el equipo que la ha creado, recordaremos para siempre como un hito esencial en nuestra ficción.

©RTVE
Una serie con la que los integrantes de este blog teníamos una deuda, porque en un blog dedicado al Pulp y la cultura Pop El Ministerio del Tiempo tiene que ocupar un puesto privilegiado. Una serie por la que sentimos un cariño muy especial, y en la que hemos participado de forma más o menos directa verbigracia del equipo que maneja las redes sociales de Televisión Española. Gracias a ellos hemos podido conocer a sus protagonistas, y creadores, hemos hablado con sus guionistas y hemos participado de forma activa en sus iniciativas transmedia (si chavalería, El Ministerio del Tiempo es la primera producción española que ha sabido aprovechar los elementos que las narrativas transmedia ponen a nuestra disposición como creadores de historias para construir su universo). Es una serie que nos ha hecho sentir parte de una nueva familia de espectadores, los ministéricos, de los que somos miembros orgullosos. Una familia que consiguió un hito único en España, el de lograr, mediante una campaña de presión vía Twitter, la renovación de una serie cuyos datos de audiencia, que lejos de ser malos, no eran lo que las televisiones de ahora consideran suficientes. Una demostración que la serie ha calado en un perfil de espectadores nuevos, más modernos y mejor formados. Gente capaz de convertir a Lope de Vega o a Velázquez en Trending topic mundial durante días. ¡¡¡A nuestros clásicos!!! Si, a esos que en España olvidamos y despreciamos.

©RTVE
En definitiva, una serie que desde un marcado espíritu aventurero, apostando por la calidad y el respeto al espectador, consigue que este país de charanga y pandereta redescubra a sus clásicos del Siglo de Oro, a su Generación del 27 (que levante la mano quien no le gritó a Julián que salvase a Lorca, coño), a Spinola, el Empecinado, etc. merece reinar en nuestros corazones de aficionados al género. Tengan por seguro que este servidor y Jae Tanaka estaremos clavados frente a la pantalla en muy, muy poco tiempo, disfrutando de esta maravillosa excepción. De esta joya que, qué diablos, nos merecíamos todos. Desde aquí envío nuestra gratitud incondicional a todos, absolutamente todos los responsables de este regalo que ha supuesto El Ministerio del Tiempo. Ojalá podamos seguir soñando mucho tiempo con cruzar la puerta 58.


Eduardo Martínez.

jueves, 28 de enero de 2016

La Alarma

Narciso Ibáñez Serrador en 1964,
en el palmarés de los Premios Ondas.
Fotografía sin acreditar.
Recurrir a la condición cainita de este país de envidiosos, aprovechados y ladrones que es Spaña (con "s" líquida, como lo pronuncian los fachas del NO-DO) se ha convertido ya en un tópico. Pero es que decir que si Narciso Ibáñez Serrador hubiera desarrollado su carrera profesional en los USA o Inglaterra sería una de las figuras más relevantes de la historia de la Televisión a nivel mundial es una verdad como un puño. Sin embargo, al pobre le tocó trabajar en España, en esos años 60 en de apagón cultural promovido por la dictadura de nuestra atiplada Paca la Culona. Apagón que no hizo sino darnos un acelerón en esa carrera que nos ha llevado de ser una potencia intelectual occidental a una manada de encefaloplanos que idolatra a otros aún más encefaloplanos, pero con pasta, que dan patadas a un balón o ponen sus esperanzas de futuro en un mojabragas de cafetería de universidad. Eso si, el adn pirata y fullero lo conservamos intacto, que del tendero que escondía piedras en la balanza al que piensa que si está en internet, es suyo, sólo hay un cambio de medio y no de mentalidad. En fin...

Cabecera de Historias para no dormir
© RTVE
Pero vuelvo a Narciso Ibáñez Serrador, Chicho, como más tarde sería conocido por el gran público en su faceta de director de ese glorioso rompe prime times (de otros tiempos) que fue Un, Dos, Tres... Responda otra vez. Bien. Antes de ser esa omnisciente voz en off, el deus ex machina del concurso que juntaba cada viernes a esas familias de jersey cuello de cisne y pelazos con más laca que el PP de Valencia, Chicho se arremangó y cogió por los cuernos el toro de la misma franja horaria que acogería a su concurso, la de la noche de los viernes para, siguiendo los pasos de producciones televisivas como Alfred Hitcock presenta... o editoriales como Tales from the Crypt, meter por los ojos a los televidentes de entonces una serie de relatos de terror, fanta-ficción y noir: Historias para no dormir. 30 episodios la mayoría de ellos autoconclusivos que o bien tenían guiónes originales o bien adaptaban a Poe o Bradbury. Ahí queda eso. No hay nadie de esa quinta, la de mi madre, que no tenga grabado a fuego en la memoria el espectacular arranque del espacio: una negrura impenetrable que se ve rasgada por una puerta chirriante tras la que vemos el nombre del espacio escrito en una tipografía magnífica, excesiva, sesentera y ye-ye, y luego, un grito espeluznante y un portazo. No había una melodía que se pudiese silbar, ni una cara conocida. sólo una conceptualización del espanto.

Esta bofetada visual y sonora daba paso habitualmente a una intro del propio Narciso en la que, al estilo de Hitchcock o el Guardián de la Cripta, nos presentaba el episodio que se iba a dar a continuación. Este prólogo solía tener siempre un tono cómico, de marcado humor negro y mucha mala leche. En varias ocasiones hacía alusión a los sacos de cartas que recibía en contra del programa o a las penurias que tenía que pasar para sacar adelante los episodios. Normalmente lo hacía entre bastidores, como si quisiese dejar claro que lo suyo era una ficción, y casi siempre sólo, con su pinta de hipster flequilludo, masticando a veces una pipa y leyendo papelotes desde detrás de unas gafas por cuya montura mataría a quien se me pusiese delante. No me cuesta nada imaginarme a esas señoronas de misa diaria torciendo el morro al ver aparecer al pipiolo ese al que Televisión Española había dado un hueco. Por que hay que reconocerle que le echó muchos huevos al asunto, que como he dicho, en plena dictadura del aflautado generalísimo robó casi una hora semanal de televisión pública para que por las pantallas de esa España meapilas y pacata se colasen terrores del espacio exterior, despiadados gangsters y horrores góticos. Narciso fue un visionario, si, pero también un valiente de cojones. Ahora, que hemos sustituido a la Iglesia por las AMPAs (que tiene guasa el acrónimo) y demás adalides de la corrección política sería impensable tener una serie de terror en el prime time de los viernes de RTVE, pero imagino que antes los abanderados del buenismo tenían menos canales por los que dar por culo.

De todos modos, no quería yo explayarme tanto con Historias para no dormir en general, que ya volveré a la serie en su totalidad más adelante, sino con un episodio en particular, La Alarma, emitido en dos partes entre el 20 y el 27 de mayo de 1966. Como casi la totalidad de los episodios, este es un "yo me lo guiso, yo me lo como" de Ibáñez Serrador (no nos dejemos engañar por el guión acreditado a Luis Peñafiel, pues es un seudónimo de Narciso). En un total de poco más de 60 minutos (eliminando créditos, intro y resumen de la primera parte al inicio de la segunda) Ibañez Serrador narra la que, en mi opinión, es la mejor historia de la ciencia-ficción española, una trama que, con otros 30 minutos, unos pocos más de medios (y rodada por ingleses o americanos) estaría reconocida entre las más grandes obras sci-fi del siglo XX. No sólo el guión (del que no quiero desvelar nada, porque merece la pena sentarse a ver los dos episodios si no lo habéis hecho) sino toda la envoltura, desde la presentación al aprovechamiento casi extenuante de la escasez de medios deben considerarse un hito de la televisión no sólo española, si no mundial.

Cabecera de La Alarma © RTVE
En La Alarma, más que en ningún otro episodio, juega Narciso a entrar y salir de la narración, a ser un observador omnisciente, y tremendamente sarcástico, de todo lo que está pasando en esos tres o cuatro sets de cartón piedra. La intro es una prueba magistral de ese control absoluto que el realizador tiene sobre su obra: tras divagar generalidades sobre lo que es una alarma, hace saltar la de una joyería arrojando un ladrillo al escaparate. El parpadeo de dicha alarma y el incesante timbrazo nos sirve de telón para los créditos, acompañados de un quedo redoble de tambor. Conceptual a más no poder, y efectivo. Narciso rompe el escaparate y se va, y es su salida de plano, que no de la narración, lo que da el pistoletazo de salida a la historia, que parecía estar esperando congelada a su señal para echar a andar. Que su huella en la trama es indeleble queda patente cuando, ya al final de la historia vemos a un grupo de gente arremolinada frente a ese mismo escaparate, lamentado el acto vandálico de "algún gamberro". Y vaya que lo es, pues tanto el final de la primera parte como el arranque de la segunda cuentan de nuevo con Ibáñez Serrador colándose en el set, con un aire aburrido y escéptico, un espectador al que le falta decir "si yo pasaba por aquí, pero ya me iba"


Pero del mismo modo que no se toma en serio a si mismo, Narciso Ibáñez aborda la historia con un respeto reverencial, hasta el punto de contar con la asesoría técnica del Gabinete Nuclear del Estado (que me imagino que serían unos señores muy adictos al Régimen con los mismo conocimientos en física que una alpargata). No se de qué retorcidos subterfugios se serviría el realizador, pero consigue colar en el guión que España era, por aquel entonces, un país bastante analfabeto a nivel tecnológico, y que el vulgo ignoraba de la existencia de centrales nucleares en la "piel de toro". Por si no quedaba claro que Narciso Ibáñez tenía algún que otro recado referente a la situación sociocultural del país da el papel protagonista a una prostituta (dice que es bailarina en un club, y cuando termina se va al puerto a "pasear"... ehem) y retrata al "españolito de a pie" (perdón por las ranciedades) como una especie de becerro obtuso y estúpidamente risueño. Y es que el episodio nos plantea que en los próximos dos días van a llegar a la tierra incontables naves de procedencia alienígena y la reacción de los viandantes ante una entrevista televisada es agolparse frente a la cámara cual niños esclavos en torno a Indiana Jones y "saludar a mi hija, que vive en Granollers" (el momento de la señora hablando en catalán seguro que provocó algún que otro ictus).

Narciso Ibañez Menta
Fotografía sin acreditar
 Frente a esa manada inconsciente del significado de la llegada de los extraterrestes nos encontramos con Javier Urrutia, un físico que trabaja para el Gobierno magistralmente interpretado por el enormísimo Narciso Ibáñez Menta, padre y actor fetiche del director. (Insistiendo en el tema de lo mal que trata España a sus representantes de la cultura, habría que decir que Menta debería ser una figura clave del terror, al nivel de Cushing, Lee o Price, pero insisto, aquí somos más de glorificar a un destripaterrones que da golpes a pelotas, ya sea con los pies, las manos, una raqueta o el cimbrel si se tercia). Urrutia es una suerte de Quatermass español, pero lejos de la iracunda y prepotente actitud del inglés, el físico encarnado por Menta es un hombre de maneras suaves, apocado casi, obligado a salir de la zona de confort de un laboratorio para enfrentarse a un misterio que, una vez resuelto, le atormenta con la plena conciencia de que sus actos han provocado con casi total seguridad la extinción de la especie humana.

Y es que la genialidad de este episodio no está sólo en su guión, sino en cómo está estructurado, pues tras las escenas iniciales en las que descubrimos la llegada de los visitantes al planeta, Narciso Ibáñez nos presenta al atormentado Urrutia, quien, haciendo uso de la voz en off habitual en muchos episodios, se revela como causante del desastre que se avecina y en un flash back que abarca la casi totalidad del metraje, explicarnos el porqué. Así, con tan sólo dos personajes principales, y un tercero más instrumental que otra cosa, Narciso Ibañez hilvana una historia de ciencia ficción de todo o nada, de Humanidad en peligro, cuya grandilocuencia no está en unas imágenes limitadas por unos medios técnicos escasos, sino en una narración tan sólida que te mantiene pegado al televisor. No me quiero ni imaginar la frustración de los espectadores que aquel 20 de mayo del 66 recibieran como una bofetada el vertiginoso cliffhanger con el que cierra la primera parte y, en cierto modo, les envidio.

La Alarma es una obra maestra de la ciencia-ficción del siglo XX. Hagámosle el hueco que se merece.

Jae Tanaka