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martes, 5 de julio de 2016

Espadas del Fin del Mundo



Puesto que hace ya bastantes entradas que no hacemos una reseña, y que con este calor infernal que hace en la capital de las España lo que apetece es evadirse de la ardiente realidad, aquí llegan los irresponsables de The OCCULT Herald con una de nuestras recomendaciones lectoras para el verano. Pero como viene siendo habitual en nosotros, no hay entrada sin larga introducción. Así que ya pueden ustedes agarrarse, que vienen curvas.

Uno de los juegos más divertidos de la infancia y la adolescencia era ese en el que comparamos cualquier cosa, personaje, objeto digno de comparación, tratando de establecer una especie de ranking que nos ayudaba a dar forma y consistencia al mundo que nos rodeaba. Primero comparábamos a los padres (el mío era más de todo lo bueno que los vuestros, faltaría más. Y eso mismo piensa mi hijo, así que a joderse), para posteriormente pasar a comparar a nuestros ídolos deportivos, superhéroes favoritos, etc. En fin, la versión simplificada del “la tengo más larga”. Todavía recuerdo con cariño, de entre todas esas comparaciones que nos parecían la hostia de coherentes, aquella que probablemente alguno de ustedes ha planteado: ¿Quién ganaría en una pelea, un caballero medieval o un samurái? No, no miréis para otro lado, que seguro que esa discusión absurda la habéis tenido. Mientras la mayoría de mis amigos defendían al puto comedor de arroz y pescado crudo, yo era uno de los pocos pringaos que creía firmemente en nuestros chavales acorazados.

Poco podía imaginar entonces que un par de décadas después habría un montón de chalados recuperando las artes marciales y la esgrima medieval europea. Si me llega a pillar a tiempo… En fin, que aquí no hemos venido a hablar de eso. Decía que un servidor defendía que los caballeros europeos podrían vencer a esos tipos con unas armaduras acojonantes y unas katanas capaces de cortar los huevos a una mosca sin salir de la vaina. Hasta donde tenemos conocimiento histórico ese combate jamás se produjo. Y es que el mundo ahora es mucho más pequeño. Sin embargo hace unos pocos años descubrí uno de esos episodios históricos que, tan españoles, no conoce ni Dios. Un episodio que es lo más cercano a una lucha entre espadachines europeos y samuráis. Un episodio, decía, que es relatado magníficamente en el cómic que voy a reseñar, Espadas del fin del mundo.

Siéntate sobre mis rodillas, mozuela, que te voy
a contar una batallita que te rilas domitilia.
Pónganse ustedes cómodos, que aquí llega el abuelo cebolleta a contar una batallita. Pero de las que molan.

Viajemos a los últimos años del siglo XVI, a 1582 para ser exactos. Y hagámoslo al otro extremo del mundo, a la floreciente ciudad de Manila, en la isla de Luzón, en las Islas Filipinas. Hablamos de una época en la que el Océano Pacífico era llamado la Mar del Sur o el Lago Español. Y es que por aquellos años los españoles llevábamos casi un siglo de hacer turismo por el globo, en plan Rafa Nadal en sus mejores tardes. Manila llevaba apenas diez años en posesión de los españoles, que nos dedicábamos a cristianizar todo lo que se movía o estaba quieto, y de paso a hacer negocio. Que lo cortés no quita lo caliente. Pero mira tú por dónde que los japoneses, que siempre han sido muy suyos para eso de las islas cercanas, habían decidido que allí había tajada para todos; y un fulano que las crónicas llaman Tay Fusa –probablemente un ronin-, se dedicó alegremente a darnos por saco en plan pirata. Como pueden ustedes imaginar, ponerse a tocar los huevos a fulanos como aquellos españoles, por muy samurái que uno fuera, no era la mejor de las ideas. Así que Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, Gobernador General de Manila para más señas, escribió una carta a Felipe II para ponerle en situación. Burocracia ante todo. 

Puesto que el correo por aquel entonces no funcionaba muy allá, en previsión de lo que pudiera pasar se escogió a un hidalgo llamado Juan Pablo de Carrión para capitanear una pequeña armada capaz de hacer frente a los japoneses. El de Carrión, a pesar de contar con casi setenta primaveras -Imagínense ustedes al fulano, que mala bestia-, cogió el toro por los cuernos y reunió a cuarenta soldados españoles, una pequeña flotilla, y se hizo a la mar a buscar piratas para hablarles del heteropatriarcado y a aliar civilizaciones y tal; pero como se hacía entonces. A hierro y fuego. En el primer encuentro con un barco japonés, aprovechando que la tecnología militar española era superior, le suelta una salva de cañones y lo fuerza a huir. Como respuesta Tay Fusa reúne diez barcos y busca enfrentarse a los españoles. Si, así, a puro huevo. En fin, aquí llega lo bonito de la historia. 

Resumiendo una barbaridad, en el primer encuentro entre la capitana y uno de los juncos japoneses, pese a tener mucho mayor tamaño este último, los españoles lo cañonean cosa fina para, acto seguido, lanzarse al abordaje. Y es aquí cuando se produce el primer enfrentamiento cuerpo a cuerpo entre samuráis y soldados españoles. Puesto que los samuráis, además de ser muchos más, también tienen armas de fuego que habían conseguido de los portugueses; los soldados españoles recurren a las tácticas de combate aprendidas en Flandes y forman un muro de picas con los arcabuceros y mosqueteros a la espalda y los costados. Y retirándose poco a poco, paso a paso, forman una muralla de carne, acero y pólvora. Y con mucho Santiago, tris, tras, zas, pumbas, resisten hasta que llega para apoyarlos un navío de nombre San Yusepe, que aprovechando su superioridad artillera acaba con los tiradores japoneses y los obliga a huir. Resultado al final del primer tiempo, uno a cero a favor de las armas y armaduras españolas. Pero todavía quedaba la segunda parte por jugarse.

Juan Pablo de Carrión decide entonces avanzar con su flotilla por el río que él llamaba Tajo, y que hoy conocemos por Cagayán. Allí se encuentra con una flota de 18 champanes a los que se dedica a zumbar el morro a cañonazos durante varias horas. Terminado el combate deja tras de sí más de doscientos japoneses criando malvas mirando a Hokaido para los restos. Sabiéndose cerca de la base de los piratas el de Carrión ordena desembarcar en un recodo del río, convirtiendo su barco en una pequeña fortaleza. Con los cañones desembarcados, pese a ser los japoneses muy superiores en número, y a que sus aliados filipinos le ruegan que negocie, se pone a soltarles zurriagazos. Por si les gustan los fuegos artificiales. Los nipones, pese a su temperamento un pelín orgulloso, tratan de sacar tajada sin llegar a mayores y proponen a los españoles que les paguen una buena cantidad de oro a cambio de los daños sufridos y de irse de allí de vuelta a Tokio o al monte Fuji. Lo mismo da. Pero resulta que el veterano Juan Pablo de Carrión, que está de vuelta de todo y debía de gastar una mala leche de antología, les dice que verde las hemos segado, y que más les vale que se abran por las buenas. Que lo único que van a recibir de los españoles es un palmo de acero en las tripas. Y seguro que también diría algo en plan ¿oro, me pides oro?... mis cojones treinta y tres el oro.

Sea como fuere los japoneses se sienten ofendidos en el orgullo y, viendo que ellos son seiscientos y los españoles apenas cuarenta, hacen sus cuentas con el resultado de “a estos les empujamos al río y con nuestras espadas los hacemos filetes que ríete de los de las terneras de Kobe”. Así que los japoneses hacen dos asaltos en toda regla que los españoles resisten a puro huevo…y un poquito en plan perro. Como cuando al darse cuenta que los japoneses van a intentar tirar de las picas para arrebatárselas, deciden untar los palos de sebo para hacer que se les resbalen de las manos y, al caer al suelo, trincharlos como a pollos. 

Llegados a este punto, tras horas de feroz combate, agotados y sin casi pólvora, tan solo quedan treinta españoles en pie. Los japoneses, que debían de estar ya hasta los mismísimos cojones de esos españoles barbudos, hacen un último asalto con todo lo que les queda. Pero para su sorpresa no sólo son incapaces de atravesar la trinchera española, sino que esos fulanos agotados, cubiertos de sangre y barro, deciden contraatacar y, saliendo de su baluarte, se ponen a trinchar japoneses como si no hubiera un mañana. Y, en efecto, para la inmensa mayoría de los japoneses ya no hubo un mañana. Porque todo el japonés que no fue lo suficientemente inteligente de aprovechar que sus armaduras pesaban menos acabó despedazado por esas malas bestias armadas de acero toledano. 

Resumiendo, el acero toledano y la esgrima europea se mostraron muy superiores al armamento japonés y sus artes marciales. Fin del partido: victoria española por goleada. Dicho lo cual, amiguitos de la niñez, si por un accidente estáis leyendo esto…a mamarla.

En fin, esta larga batalla que os he contado –enhorabuena si habéis sido capaces de llegar a este punto- se narra en el cómic Espadas del fin del mundo, escrito por Ángel Miranda Vicente y dibujado por Juan Aguilera Galán. Un magnífico cómic que, por fortuna para los amantes de las buenas historias, pudo ser publicado gracias a una exitosa campaña de crowdfunding, y que puede adquirirse a través de Amazon. A pesar de que el guión cuenta con alguna laguna que, a buen seguro se explica por lo limitado de sus 72 páginas de historia, y que el dibujo, que si bien brilla en sus grandes escenas, peca en ocasiones de falta de elasticidad, cada uno de sus 18 euros están bien invertidos. Desde The OCCULT Herald recomiendo su lectura de forma entusiasta a todos los amantes, no sólo de la historia, sino de las buenas historias. Compradlo y leedlo, que no os arrepentiréis.


Eduardo Martínez.

jueves, 2 de junio de 2016

Lobo contra Perro



The O.C.C.U.L.T. Herald cuenta de nuevo con la colaboración de Scout, que se dejó caer hace unos meses con una entrada en la que revisaba El Quijote en clave de pulp. Hoy vuelve para hacernos una pequeña reseña de
Lobo contra Perro, cuya primera entrega se puede descargar de manera gratuita en la web de Ronin Literario. Es esta una obra escrita por Raquel Mayorga, y como la propia Scout apunta al final, la cosa queda entre chicas a las que les gustan cosas que no se consideran de chicas.
Uh, ah, las chicas son guerre-eras.



Vamos con el texto:

Lobo contra perro es una joyita de menos de 100 páginas, ambientada en el maravilloso y atrayente mundo japonés del Shogunato, los ninjas, Inu y el Bushido, tan extraño para nosotros los occidentales, como atractivo para los lectores del pulp. Hipsters y advenedizos leen literatura japonesa del gran Murakami (no vamos a negar que es un gran autor), pero no literatura chambara, es decir, ficción de samuráis. A mi me gusta el cine de verdad, no el de bombas, Ojete Calor dixit.

Utilizando como excusa el sueño del Shogun loco en el que hay que ir a “pedir” un espejo a un templo, la autora relata como un perro domesticado, Renka, lleva a todos los miembros de su manada a luchar contra un lobo: Haku, que es un perro sin domesticar.Utilizando como excusa el sueño del Shogun loco en el que hay que ir a “pedir” un espejo a un templo, la autora relata como un perro domesticado, Renka, lleva a todos los miembros de su manada a luchar contra un lobo: Haku, que es un perro sin domesticar. Aunque en realidad lo que cuenta Raquel Mayorga Baños es la lucha entre el bien y el mal, entre la redención y la sumisión. ¿No es esta una de las excusas principales de la literatura? Por qué no va a serlo entonces también de la literatura pulp, que se mueve como pez en el agua y sin remilgos entre los Grandes Temas de la Humanidad?

El libro está escrito de manera ágil y rápida, tanto la longitud como su prosa lo hacen ágil y fácil de leer, y únicamente lo pondría como pega la ausencia de alguna nota aclaratoria de los abundantes términos japoneses que hay en la obra, pero para eso tenemos wikipedia. Me gustan también las escenas de lucha y acción, muy visuales; sangrientas y sádicas en su punto justo, en algunos momentos me ha recordado gratamente a mi peli favorita de samuráis: Los Siete Magníficos. Si, la que está ambientada en el Far West O_O y versiona la cinta de Kurosawa.

Sin duda, es una novela para amantes de la literatura ambientada en Japón, agradable a la lectura, pero no esperéis la prosa japonesa que es tan característica en sus novelas y en el manga (es posible que para escribir como un japonés haya que ser japonés). No es un descrédito para la autora, todo lo contrario. Raquel Mayorga ha sabido trasladar el espíritu de la narrativa japonesa a un estilo occidental.

No es incompatible con El lobo solitario y su cachorro de Kazuo Koike o la maravillosísima trilogía El mar de la fertilidad del grandísimo (y un poco payá) Yukio Mishima. Raquel es una gran aficionada a la literatura el mundo japonés y ha escrito una gran novela que hay que disfrutar.

¡Gracias Raquel por hacerme no sentir tan rara al gustarme las katanas!


Scout